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ARTÍCULOS

 

La historia del libro y de la lectura en Colombia Un balance historiográfico

The History of Book and Reading in Colombia: A Historical Assessment

 

Alfonso Rubio Hernández

Dpto. de Historia de la Universidad del Valle, Santiago de Cali (Colombia) / alfonso.rubio@correounivalle.edu.co

Artículo recibido: 08-02-2016.
Aceptado:
25-04-2016

 


Resumen

En un campo de estudio todavía escasamente tratado en Colombia como es la historia del libro y de la lectura, presentamos los principales aportes que hasta el momento se han dado en él, intentando inscribirlos en tendencias historiográficas que, desde sus posturas teóricas y metodológicas, nos permitan seguir abordando los significados prácticos y simbólicos que en un determinado contexto social adquieren el “libro” y la “lectura”.

Palabras claves: Historia; Libro; Lectura; Historiografía; Colombia

Abstract

In a research field to be explored yet as is the history of the print culture and reading in Colombia, we discuss the main contributions achieved up to now, trying to classify them by historical trends that, from its methodological and theoretical approaches, allow us to explore the practical and symbolic meanings embodied by the “book” and the “reading” in a specific context.

Keywords: History; Book; Reading; Historiography; Colombia


 

Introducción

La historia del libro y de la lectura permiten reconstruir las comunidades de lectores de una determinada época, quiénes, cómo y qué leían. La mercancía de los libreros, las bibliotecas o colecciones de libros formadas por particulares, instituciones públicas, privadas o religiosas, son reflejo de lo que se publicaba y circulaba, de los intereses de una concreta profesión a la que se dirigía la edición de textos, y de los intercambios culturales e intelectuales, nacionales e internacionales. Posibilitan trazar un mapa del movimiento de las ideas y de las modas tipográficas, ya que el libro no sólo es un objeto cultural, sino también un objeto comercial; y dan testimonio, además, de la formación de un espacio público y de su influencia sociocultural. Encierran, en definitiva, un potencial significativo como fuente de información para el historiador o el investigador en general.
La historia del libro y de la lectura, inscritas, si se quiere y hacemos caso a determinados autores, en la llamada “historia social de la cultura escrita”, permiten relacionar un conjunto de prácticas que, desde los talleres tipográficos o casas editoriales al mundo de la lectura, conforman un asunto de múltiples y variadas posibilidades si tenemos en cuenta las diferentes posturas teóricas y metodológicas con que pueden abordarse las numerosas temáticas relacionadas con esas prácticas, y si tenemos en cuenta las frecuentes conexiones de ambas disciplinas con muchas otras. Por ello, más que de posibilidades, debemos pensar en complejidades, sobre todo cuando la “cultura escrita” forma parte de dinámicas y estructuras sociales y aún permanece inexplorada en un país de divergentes realidades geográficas y culturales como Colombia.
Los estudios sobre “cultura escrita” poseen una larga trayectoria en el ejercicio histórico de Europa y Norteamérica, pero es reciente su vinculación a un campo de investigación más complejo que supera los planteamientos iniciales ligados al mundo de la alfabetización para dedicarse a desvelar el funcionamiento de las relaciones entre dispositivos, sujetos e instituciones de una determinada sociedad que pone en marcha ciertas prácticas culturales, donde se inscriben las prácticas relacionadas con la materialidad del libro y el ejercicio de la lectura (Castillo Gómez y Sáez, 1994: 133-168). Esta evolución en la historia de la cultura escrita ha posibilitado el desarrollo de un área disciplinar todavía en expansión en la historiografía actual, el área de la historia social y cultural.
Aunque todavía no intensamente tratadas, ni tal vez etiquetadas dentro del amplio campo de la “historia social de la cultura escrita”, la historia del libro y de la lectura en Colombia cuentan, desde muy diversos tratamientos, con puntuales contribuciones cuyos antecedentes se remontan a la segunda mitad del siglo XX. Estos antecedentes constituyen la base que, desde enfoques historiográficos tradicionales, han ido fundamentando las reflexiones alrededor de la historia del libro, evolucionando hacia el estudio de las relaciones que unen el universo del libro y las prácticas de la lectura y de la escritura con el desarrollo de la historia de la educación, la historia intelectual o la historia, muy escasa todavía, institucional.
El estudio del contexto sociocultural, de los medios, de los actores y de las representaciones inmersas en el panorama de una cultura escrita nacional, es necesario para rastrear las transformaciones en la historia de la lectura y de la escritura. Igualmente necesarios son los ejercicios historiográficos que dimensionan y posibilitan la ampliación de los panoramas investigativos en cuestión; perfilan líneas estables de trabajo y abren otras nuevas al poner en juicio las particularidades temáticas de una cultura escrita que se caracterizó desde 1492 por la hegemonía administrativa y cultural europea, y luego, por las condiciones que impulsaron la formación de las naciones americanas.
Sin pretender hacer un balance exhaustivo, donde podríamos haber incluido referencias historiográficas relacionadas, tales como las que han abordado la historia de la imprenta y la incipiente historia de la edición; y sin pretender abarcar la totalidad de autores y obras, pretensiones que tal vez sólo conduzcan a la desmesura, hemos procurado aquí sintetizar diferentes aportes como referentes obligados en los estudios colombianos dedicados a la historia que de manera central sí trata del libro y de la lectura. Aun así, nuestro interés en este corto espacio, no es tanto el de mostrar un listado de referencias útiles, sino el de enmarcarlas en tendencias historiográficas generales, cuyo análisis e interpretación no es objeto aquí, y en perspectivas de estudio que abarquen un panorama amplio de aspectos que intervienen en la construcción material y simbólica del libro.

Estado de la cuestión

La obra L’apparition du livre, de Henri-Jean Martin y Lucien Febvre, publicada en 1958 estudia “la acción cultural y la influencia del libro” desde mediados del siglo XV hasta las últimas décadas del XVIII. Considerado como uno de los medios más poderosos de los que ha podido disponer la civilización de Occidente para “concentrar el pensamiento disperso de sus representantes” y “dominar sobre el mundo”, la obra, concebida por Febvre y desarrollada por Martin, define el alcance (siendo ésta su novedad) de ese papel de dominio que desempeñó el libro, e intenta, al mismo tiempo, crear entre los estudiosos “nuevos hábitos de trabajo intelectual” (Febvre, L. y Martin, H.-J, 1962: XVIII-XIX)1. A partir de su publicación, ciertamente, el conocimiento histórico de las formas de la cultura escrita ha alcanzado un notable desarrollo. Desde entonces, la variedad de planteamientos historiográficos sobre el “libro” y la “biblioteca”, ligados a la historia de la lectura, así como sus resultados, han puesto de manifiesto el gran potencial que poseen las fuentes originales para contribuir a la comprensión de la historia cultural e intelectual de una época que entraña una dificultad intrínseca, pues el mismo objeto de estudio es complejo de comprender desde su materialidad y sus relaciones en la historia en tanto mercancía producida dentro de un contexto comercial y como signo cultural, soporte de un sentido que transmite el texto o la imagen y que define a la sociedad y a su poseedor (Chartier y Roche, 1974: 115-137)2.
Justamente, por los años en que tiene lugar la edición de L’apparition du livre, pero desde perspectivas diferentes que todavía no entroncaban con la Nueva Historia francesa, en Colombia podemos citar los trabajos pioneros de Gabriel Giraldo Jaramillo sobre “libros y cultura” en la sociedad colonial, en 1957; o sobre una “bibliografía filosófica colombiana” en 1963, que abarca un vasto periodo que va de 1650 a 1957. Camilo Molina Ossa, en 1965, publica su Tesoros Bibliográficos de los Siglos XVI a XVIII que poseyeron los Hacendados de Guadalajara de Buga. De “literatura en la conquista y la colonia” nos interesa resaltar el aporte de María Teresa Cristina (1989) de título homónimo, en cuanto la cultura literaria, como un fenómeno común a la cultura del libro en general, se daba durante ese periodo en los núcleos urbanos principales. La ciudad letrada, como señaló Ángel Rama, ejerció de centro dominante de civilización frente a la barbarie de los núcleos rurales.
Rafael Martínez Briceño (1961) estudia la librería del general Santander y Guillermo Hernández de Alba, la de José Celestino Mutis3. Ambos, juntos, describen en 1960 la librería del canónigo y humanista tunjano del siglo XVII Fernando Castro y Vargas. En el campo de la inventariación y caracterización de bibliotecas particulares, más tarde, en 1990, Eduardo Ruiz Martínez se dedica a la biblioteca de Antonio Nariño y en 1993, a la de Francisco de Paula Santander. Son aportes cuantitativos que mediante clasificaciones generales en distintos géneros literarios evidencian preferencias personales influidas por las modas editoriales y lectoras del momento. Aportes válidos que en Colombia, sobre todo a partir de comienzos de nuestro siglo, van a ser retomados en nuevos trabajos influenciados por los estudios culturales dedicados a los públicos lectores y la circulación de textos.
En cuanto a bibliotecas de instituciones religiosas, todavía no muy tratadas en nuestro país, de los numerosos inventarios de las librerías expropiadas a la Compañía de Jesús que podemos encontrar en archivos, nos detenemos brevemente en dos: el Inventario de la Librería del Colegio de la Compañía de Jesús, de Santa Fe de Antioquia, fechado el 3 de agosto de 17674, que es transcrito en la obra Los jesuitas en Antioquia, 1727-1767. Aportes a la historia de la cultura y el arte, de José del Rey Fajardo y Felipe González Mora (2008). Y el inventario de la Librería del Colegio de la Compañía de Jesús de Santa Fe de Bogotá, que comienza a realizarse el 28 de octubre de 1767 y termina el 21 de noviembre5. Respecto a los varios inventarios existentes de esta última librería, la cantidad de libros que registran, su clasificación y sus fechas, pueden verse las obras de Manuel Briceño Jáuregui (1983), Estudio Histórico-Crítico de “El desierto prodigioso y prodigio del desierto”, de Don Pedro de Solís y Valenzuela6; y de Renán Silva (2002), Los ilustrados de Nueva Granada, 1760-1808. Alfonso Rubio (2014b), desde códigos bibliotecológicos, también analiza esta colección religiosa en Las librerías de la Compañía de Jesús en Nueva Granada: un análisis descriptivo a través de sus inventarios.
Este último autor, en Libros antiguos en la Universidad del Valle (2014a) describe los procedimientos de embarco de libros hacia América y relaciona los principales índices inquisitoriales y la principal legislación referente a la prohibición de libros que abarcó la totalidad del periodo colonial y llegaba a todas las instancias administrativas, incluidos los cabildos. En lo relativo a este asunto, el del libro antiguo, el libro editado antes del año de 1800, podemos mencionar algunos trabajos como los de José del Rey Fajardo (2001), sobre La biblioteca colonial de la Universidad Javeriana de Bogotá; el de Hans Peter Knudsen y otros (2003), centrado en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario; el dirigido por Benjamín Villegas (2010) sobre las bibliotecas javerianas; el de Jaime Restrepo (2014), La invención de la imprenta y los libros incunables, y el de José Luis Guevara Salamanca (2015), La fábrica del hombre. Historias de viajes y usos de los libros del Nuevo Reino de Granada en el siglo XVII. Este último título describe los aspectos que dominaban las formas del libro en el siglo XVII neogranadino y se interesa especialmente por el “libro manuscrito”, el gran olvidado frente a la consolidación de una cultura del libro impreso en los siglos siguientes, un asunto tratado brillantemente en espacios que inevitablemente hay que relacionar con el Nuevo Reino de Granada, por Fernando Bouza (2001) en Corre manuscrito. Una historia cultural del Siglo de Oro. Dedicados a los incunables de la Biblioteca Nacional son los de Juan B. Bueno Medina (1940); Carolina Bermúdez y Carolina Rojas (2003); y el inédito de Robinson López Arévalo, titulado Los incunables de la Biblioteca Nacional: un patrimonio con más de 500 años. Otros son los dedicados a los incunables de la biblioteca de la Universidad de los Andes, de María Victoria Franco (1980); y a los de la Biblioteca Luis Ángel Arango, de Manuel Briceño Jáuregui (1982).
La mayoría de las referencias hasta ahora relacionadas dan cuenta de una evidente circulación de libros en la sociedad colonial. Ya antes de llegar a la primera mitad del siglo XX, las investigaciones en archivos españoles y suramericanos demostraron documentalmente y de manera conclusiva la presencia y la circulación durante todo el periodo colonial de grandes cantidades de libros de todos los géneros literarios. José Torre Revello (1940), con El libro, la imprenta y el periodismo en América, acaba con la tradicional leyenda sobre la prohibición y la persecución del libro en la América colonial. Una leyenda que había sido sostenida desde el siglo XIX por autores hispanoamericanos como el colombiano José María Vergara y Vergara en su Historia de la literatura en Nueva Granada, 1867.
El estado actual de las investigaciones manifiesta un predominio casi absoluto de la literatura de carácter religioso en las sociedades hispanizadas de los siglos XVI y XVII. Sociedades sacralizadas donde las manifestaciones de la vida humana estaban mediatizadas por la creencia religiosa. La religión dictaba las normas de convivencia y delimitaba las formas de relación con el poder. La formación del hábito de la lectura y de un público lector más amplio, por tanto, tiene orígenes religiosos entrelazados a factores jurídicos, sociales y económicos. El estudio de la sociedad colonial será esencial no sólo para que una historia social de la literatura no sea fragmentaria, sino para comprender el surgimiento de una “nueva sociedad” en la europeización del Nuevo Mundo. La historia de la lectura, de la configuración de un público lector, de la legislación sobre la imprenta y los libros, y el origen y la formación de las bibliotecas, precisamente, permitirá esclarecer y comprender los mecanismos mediante los cuales se arraigó en esa ‘nueva sociedad’ una visión teológica del mundo que con rasgos del feudalismo europeo instituyó la estructura social y las formas de vida de Latinoamérica (Gutiérrez Girardot, 1989: 32-33).
El asunto de las bibliotecas, por otro lado, es tratado también por Guillermo Hernández de Alba, quien, conjuntamente con Juan Carrasquilla Botero, publican en 1977 la Historia de la Biblioteca Nacional de Colombia. Investigaciones posteriores son las de Luz Posada de Greiff (1989) sobre las bibliotecas antioqueñas; de Lina Espitaleta de Villegas sobre la Biblioteca Luis Ángel Arango (1994); de Jorge Orlando Melo (2007) sobre la formación de las bibliotecas colombianas con el paso de las bibliotecas eruditas a la biblioteca nacional; de Orlanda Jaramillo (2005 y 2005a) con sus trabajos sobre la biblioteca pública en Medellín; o de Mónica Montoya (2011) sobre el papel del bibliotecario público en la tradición educativa y cultural de Medellín entre 1870 y 1950. Recientes son los aportes de Hernán Alonso Muñoz Vélez (2014) al estudiar la “biblioteca aldeana” y el ideario de la República Liberal (1934-1947) en Antioquia; Diana Jovana Romero y Eddy Carolina Sánchez (2010), historiando desde su fundación en 1910 la Biblioteca del Centenario de Cali; y las dos monografías de grado del Departamento de Historia de la Universidad del Valle historiando la Biblioteca Pública Departamental “Jorge Garcés Borrero”, de, por un lado Paula Andrea Jiménez y Andrés Fernando Rivera (2014) y, por otro, Christian Hurtado (2015). Ambas monografías se desarrollan bajo la influencia metodológica de la llamada “microhistoria bibliotecaria” de Alejandro E. Parada (2012: 101-128).
Los trabajos de J.H. Martin y François Furet y su equipo pusieron las bases de una historia cuantitativa del libro con las que todavía hoy se desarrollan rigurosos análisis para desentrañar los valores culturales de las sociedades en el Antiguo Régimen. Las décadas de los años ochenta y los noventa han supuesto una constante renovación de la historia de la cultura del impreso en Europa y Norteamérica (Peña Díaz, 1997: 33). En este contexto internacional destacan los aportes del estadounidense Robert Darnton, priorizando las relaciones internas entre lector, libro y lectura; y sobresalen las reflexiones del francés Roger Chartier sobre lo que denomina las “prácticas de la lectura”, reflexiones que en la historiografía hispanoamericana se pusieron en marcha desde fines del siglo XX y ahora, en el siglo XXI, están adquiriendo verdadero desarrollo.
El objetivo de Chartier es el de articular tres polos distintos bajo la asociación de la crítica textual, la bibliography y la historia cultural (1996: 24-30, 1995b: 107-120):

  1. El análisis de los textos descifrados en sus estructuras, motivos y alcances.
  2. La historia de los libros, de todos los objetos y de todas las formas que vehiculan lo escrito. Una historia de los libros definida por la relación entre el texto, el libro y la lectura, que comprenda cómo los mismos textos pueden ser diversamente aprehendidos, manejados y comprendidos; que reconstruya las redes de prácticas que organizan los modos, histórica y socialmente diferenciados del acceso a los textos, poniendo atención particularmente en las maneras de leer; y teniendo en cuenta que no hay texto fuera del soporte que lo da a leer (o a escuchar) y que por tanto no hay comprensión de un escrito que no dependa en alguna medida de su materialidad.
  3. El estudio de las prácticas que se hacen cargo de esos objetos o formas, produciendo usos y significaciones diferenciadas.

El historiador francés relaciona la historia de los textos, la historia de las formas de comunicación y la historia de las prácticas culturales, comenzando por la lectura. Utilizando conceptos como “configuración”, “apropiación diferenciada”, “producción de sentido”, acuña el término de “historia cultural de lo social”, donde el concepto de “cultura” es entendido como un conjunto de prácticas y representaciones por las cuales el individuo forma el sentido de su existencia a partir de necesidades sociales concretas; prácticas y representaciones que llevan a superar al autor una serie de dicotomías: el dualismo objetividad-subjetividad; la confrontación producción-consumo o la contraposición culto-popular (García Cárcel, 1996: 10).
En este enfoque historiográfico sobre la práctica y usos de la lectura, abriendo nuevas perspectivas y utilizando nuevas fuentes, se sitúan los estudios de historiadores alemanes, ingleses, españoles y la abundante producción historiográfica italiana que, a fines de los años setenta, acuñó el término de Historia de la Cultura Escrita bajo la influencia de la “nueva paleografía”, un movimiento de renovación conceptual y metodológico en la disciplina paleográfica donde podemos situar a los profesores Armando Petrucci y Attilio Bartoli Langeli.
Antonio Castillo Gómez, por su parte, planteando un método que puede aunar a cuantas disciplinas tengan como objeto el estudio de la escritura, propone la superación de esa distinción convencional entre la historia de la escritura, por un lado, y la historia del libro y de la lectura, por otro, para hacerlas converger en un espacio común: el de la Historia Social de la Cultura Escrita, cuyo cometido sería el estudio de la producción, difusión, uso y conservación de los objetos escritos, cualquiera que sea su concreta materialidad o soporte. Para él, el momento actual de esta disciplina está determinado por tres conceptos: los discursos, las prácticas y las representaciones (Castillo Gómez, 2002: 15-25). La importancia que la historia de la cultura escrita otorga a la materialidad de los objetos escritos (no tanto para describirlos técnicamente desde disciplinas como la paleografía o la diplomática, cuanto para desentrañar la relación que existe entre las estrategias materiales y las apropiaciones) es lo que singularizaría a la “historia de la cultura escrita” respecto a otras formas de hacer la historia, especialmente respecto a la historia cultural.
El término Historia Social de la Cultura Escrita es también utilizado por el profesor Francisco Gimeno Blay como el campo donde confluyen dos líneas de trabajo: el estudio de las “prácticas de escritura y las prácticas de lectura”, preconizado por el profesor Armando Petrucci, y el de la “historia cultural de lo social”, propuesto por el profesor Roger Chartier (Gimeno Blay, 1999)7. Ejemplo útil en países de la América hispana que nos proporciona autores, aspectos epistemológicos y análisis prácticos que continúan estos mismos enfoques disciplinares es el caso de los seis ensayos del argentino Alejandro E. Parada reunidos en el volumen titulado Cuando los lectores nos susurran. Libros, lecturas, bibliotecas, sociedad y prácticas editoriales en la Argentina8. En su conjunto, así nos lo hace saber el propio autor, la obra se enmarca teóricamente en las tendencias modernas de la historiografía sobre la lectura, inmersa en el terreno de la Nueva Historia Cultural, título del libro, ya clásico, editado y prologado por Lynn Hunt en 1989 y, posteriormente, influida por los aportes de autores como Peter Burke, Roger Chartier, Robert Darnton, Carlo Ginzburg, D.F. McKenzie y Armando Petrucci; autores básicos que constituyen campos propios de investigación y tendencias de utilidad metodológica. El profesor argentino intenta rescatar la “difusa presencia” de los lectores argentinos en distintos momentos del siglo XIX y XX y nos advierte (es un rasgo común a la hora de afrontar estudios que tienen como objeto el libro o el impreso en general) de su dificultad y complejidad de estudio, pues las formas de llegar a la letra impresa “son polisemánticas, solapadas, abigarradas en textualidades semiocultas, disfrazadas en otras prácticas y, sobre todo, impregnadas por sutiles representaciones que tejen un conjunto de infinitas dificultades” (Parada, 2007: 15-16)9.
A pesar de que el proceso acumulativo de recuperación de fuentes para el mayor conocimiento de la cultura neogranadina y colombiana todavía sigue sin completarse satisfactoriamente, en la actualidad las categorías generales de la historia política, la historia social, la historia de la literatura o la historia intelectual, han dado lugar en Colombia a temas más concretos de investigación donde se combinan los intereses de distintas disciplinas y se encuentran los libros de las bibliotecas coloniales y republicanas (particulares o institucionales) como objeto de su estudio10.
Podemos decir que desde 1998, con el texto de Renán Silva, Prácticas de lectura, ámbitos privados y formulación de un espacio público moderno. Nueva Granada a finales del Antiguo Régimen, comienza en Colombia a relacionarse la perspectiva francesa sobre la historia del libro y de la lectura, que además se vincula con la historia intelectual, un campo disciplinar que ya cuenta con un relevante espacio en nuestro país. Las tertulias y asociaciones literarias urbanas, las redes de lectores entre haciendas campestres y el interés creciente por la lectura de gacetas a mitad del siglo XVIII neogranadino son analizadas en este texto para hablar de las modificaciones que se producen en las prácticas lectoras, que repercuten en las relaciones entre lo público y lo privado y originan un “espacio público moderno” creando una “sociedad de opinión y de libre examen” en un proceso reducido en principio a los miembros de la nueva élite cultural. Publicaciones posteriores de este autor como la ya citada de Los ilustrados de Nueva Granada, 1760-1808. Genealogía de una comunidad de interpretación (2002), Saber, cultura y sociedad en el Nuevo Reino de Granada, siglos XVII y XVIII (2004), República Liberal, intelectuales y cultura popular (2005), o la reciente Cultura escrita, historiografía y sociedad en el Virreinato de la Nueva Granada (2015), demuestran la importancia que el profesor Silva ha concedido en sus estudios al mundo de los libros y las prácticas lectoras para la reconstrucción histórica de dinámicas culturales.
A partir de ahí, a partir del comienzo de nuestro siglo y desde posturas cercanas a estas últimas señaladas, podemos hablar de referencias como las de Catalina Muñoz (2001), “Una aproximación a la historia de la lectura en la Nueva Granada: El caso de Juan Fernández de Sotomayor”. Juan Guillermo Gómez García (2005) estudia los editores del “libro de izquierda” para reconstruir el complejo proceso empresarial y asociativo de producción, distribución, venta y consumo de esta “mercancía intelectual”. El mismo autor, en sus aproximaciones a la historia de la lectura (2008) relaciona ésta con la obra de Tomás Carrasquilla. Gilberto Loaiza Cano (2009), con su ensayo sobre la expansión del mundo del libro durante la ofensiva reformista liberal entre 1845 y 1886, a través de repertorios de libros describe el ideal de las bibliotecas liberales y católicas y el de la bibliotecas de los artesanos; constata asimismo la diversificación de las modalidades colectivas de lectura y el aumento del número de imprentas, del comercio librero y de las bibliotecas para preguntarse por los procesos de construcción de la moderna república.
Carmen Elisa Acosta Peñaloza (2008), desde la llamada “teoría de la recepción” en los estudios literarios, analiza las prácticas lectoras en Lectura y nación: novela por entregas en Colombia, 1840-1880; prácticas que desde distinta orientación y en distinto ámbito, son tratadas en la hacienda Coconuco de Tomás Cipriano de Mosquera entre 1770 y 1850 por la socióloga Catalina Ahumada (2010). Las librerías privadas de clérigos, burócratas y grandes hacendados de finales del siglo XVIII y principios del XIX son analizadas por Alfonso Rubio (2013) para constatar la permanente presencia del libro religioso en la vida colonial neogranadina que, desde lo simbólico, mantuvo determinados significados ideológicos. El “libro jurídico” del periodo colonial es estudiado por la profesora Mónica Patricia Fortich (2011) y su equipo de investigadores de la Universidad Libre de Colombia, bajo el proyecto en curso denominado “Textos y discursos en la formación del Derecho colombiano, 1777-1815”.
El mundo de los libreros, su caracterización socioeconómica, su influencia cultural y el mercado bibliográfico es tratado por Elber Berdugo y Alberto Mayor Mora (2012) en la Bogotá de 1960 al 2007; y por Juan David Murillo (2009) en la ciudad de Cali entre 1910 y 1915. La tesis doctoral, todavía en proceso, de este último autor, desarrolla un necesario ejercicio de conexiones internacionales libreras para entender la modernización en países como Argentina, Chile y Colombia entre 1880 y 1920. De libros, librerías, libreros, editores e impresores en la ciudad de Bogotá, desde tiempos coloniales hasta comienzos de nuestro siglo, nos habla Gonzalo España en Letras en el fuego. El libro en Bogotá (2007), una historia dispersa, hecha a manera de anecdotario o recopilación de hitos y curiosidades, con fuentes informativas de todo tipo, refundidas, como dice el propio, en el “batiburrillo de esta historia”.
Alrededor del mundo de la prensa se crearon y desarrollaron espacios de divulgación, de opinión pública y reproducción de ideas, así como prácticas de lectura, aspectos que son examinados por publicaciones recientes como el texto colectivo, editado por Francisco Ortega Martínez y Alexander Chaparro Silva (2012), titulado Disfraz y pluma de todos. Opinión pública y cultura política, siglos XVIII y XIX; el de Shirley Tatiana Pérez (2013), Ideologías y canon en las revistas literarias y culturales de Medellín, 1897-1912; algunos ensayos de Gilberto Loaiza Cano (2014), en Poder letrado; o el artículo de José Daniel Moncada y Sebastián Alejandro Marín, “La lectura en Medellín: censura y sacralización, 1870-1930”, que forma parte del texto colectivo titulado Minúscula y plural. Cultura escrita en Colombia (2016). En este texto, ideado dentro del grupo de investigación Nación-Cultura-Memoria del Departamento de Historia de la Universidad del Valle (Cali, Colombia), hay que hacer mención a las contribuciones de Diana Carolina Gutiérrez, analizando los lectores y lecturas de literatura pornográfica en Cali durante los años de 1960 a 1990; de nuevo al profesor Loaiza, con su ensayo de orientación metodológica titulado “Premisas para una historia del libro en Colombia”; y a Juan David Murillo, considerando al estado colombiano como librero para analizar sus políticas oficiales relacionadas con la cultura impresa durante 1821 a 1886. La prensa obrera y popular en sus procesos de edición, distribución, lectura y difusión de ideas es estudiada por Ángela Núñez (2006) durante el periodo de 1909 a 1929.
La relación de la opinión pública con las prácticas de lectura en voz alta en espacios de sociabilidad, podemos encontrarla también en “Opinión pública y lectura en el Caribe colombiano durante el siglo XIX. Una mirada desde la prensa y los manuales escolares”, de Luis Alarcón y Jorge Conde (2005). Y así, por último, es imprescindible hablar de este tipo de libros, los libros de texto o manuales escolares, un asunto conectado por ideales políticos de formación ciudadana que intentan socializar contenidos ideológicos y modelar identidades. La producción bibliográfica sobre el “libro escolar” es amplia y se diversifica en aspectos de género, pedagógicos, legislativos e ideológicos. Citemos solamente algunas representativas referencias como las de Alicia Rey (2000), que hace una aproximación al análisis del discurso en la enseñanza de la lectura colombiana de 1870 a 1930. A Luis Alarcón y Jorge Conde, ampliamente dedicados a este asunto, podemos encontrarlos colaborando conjuntamente en textos que hablan de elementos conceptuales para el estudio de los catecismos cívicos desde la historia de la educación y la cultura política (2001), o de la circulación y el uso del libro escolar en el Estado Soberano del Magdalena (Alarcón, Conde y Santos, 2002). Ambos, junto a Roberto Figueroa y Roberto González, son compiladores de las Memorias del “IV Coloquio colombiano de Historia de la Educación” celebrado en septiembre de 2001, tituladas Nación, educación, universidad y manuales escolares en Colombia. Tendencias historiográficas contemporáneas (2002). Aquí, en su apartado tercero titulado “Nación, manuales escolares e identidad”, podemos leer a otros autores dedicados al estudio del texto escolar.
Néstor Cardoso (2001) nos habla de los textos de lectura desde una aproximación histórica e ideológica entre 1872 y 1917. Patricia Cardona (2007) estudia los textos escolares y la lectura desde un punto de vista político en los Estados Unidos de Colombia durante 1870 a 1876. “Las representaciones del libro, temas y problemas para una historia de la educación en Colombia a mediados del siglo XIX” es una contribución de Carmen Elisa Acosta Peñaloza (2005). Y Cecilia Herrera y Alexis Pinilla (2006) se centran en la primera mitad del siglo XX para hablar de la identidad nacional en los textos escolares de ciencias sociales.

Conclusiones

Los estudios históricos sobre el libro y la lectura en Colombia todavía son escasos y parciales, por tanto las prioridades investigativas en este campo son las básicas de cualquier ámbito nacional donde lo ejerzamos. Genaro Luis García López, atendiendo las premisas del sociólogo del libro de Guillermo Márquez Cruz, recoge sus propuestas de los años ochenta del siglo XX para llevar a cabo un estudio del libro que tenga en cuenta los siguientes elementos de análisis11: el marco sociopolítico y jurídico, el marco económico, los mediadores y los receptores.
En el marco sociopolítico y jurídico habría que estudiar la influencia del sistema político e ideológico y su repercusión en el libro a través de la legislación que conlleva unas determinadas políticas culturales encauzadas y ejecutadas por ciertos organismos institucionalizados. En el marco económico habría que detenerse en los autores y su nivel de profesionalización en relación con el concepto de derechos de autor, en el entramado editorial, en los cambios tecnológicos de la edición del libro, en los aspectos comerciales y jurídicos de la imprenta, en la influencia de los impresores extranjeros y en el estudio de los propios contenidos que se escriben, se publican y se conservan y difunden en las bibliotecas.
En cuanto a los mediadores habría que analizar a los distribuidores y libreros, las formas cambiantes de la distribución: los fascículos y la venta por entregas, los libros de bolsillo, las colecciones adecuadas a públicos concretos, la venta en kioscos, etc.; y por otro lado, las bibliotecas y los bibliotecarios, la regulación de un sistema bibliotecario, su estatus y formación. Y en relación con los receptores de libros, sus lectores, se podrían analizar sus niveles de alfabetización y las motivaciones para leer: aprendizaje, medio de ejercer una profesión, placer, costumbre, estatus social; sin olvidar el mundo de las representaciones y sus repercusiones sociales.
La mayor parte de los estudios con los que contamos se centra en alguna o algunas de estas cuestiones concretas, pero, realmente, para analizar la significación del libro o el impreso en general en una determinada sociedad y época, habría que estudiar en conjunto la alfabetización, la industria editorial, el comercio librero, la posesión del libro, los tipos de lectores y el autor; o sea, los cuatro grandes grupos propuestos por Márquez Cruz (sociopolítico y jurídico, económico, mediadores y receptores) que están relacionados entre sí y se modifican con los cambios que se producen en cada uno de ellos, en un movimiento de readaptación continuo.
Las mutaciones en la historia del libro y de la lectura importan porque son pieza inherente de la conformación de nuevas estructuras sociales. Los aportes colombianos a esta disciplina tal vez demuestren un ejercicio plural, pero fragmentado. Salvo casos contados, que sí ofrecen una visión de conjunto centrada en los aportes metodológicos de la llamada “nueva historia cultural”, los análisis del mundo del libro y de las prácticas lectoras hacen presente su utilidad en la explicación de hipótesis de carácter político, ideológico y cultural desde lo público o lo privado.
Aunque los avances son palpables, la historia del libro y de la lectura todavía no se han vinculado a amplios contextos culturales ni se han incorporado al concepto de “cultura escrita” en toda su complejidad. Tal vez los avances sigan siendo parciales o aproximativos principalmente por dos razones: la dificultad intrínseca del “libro” o el “impreso” como objeto de estudio y el estado “inclasificado” en que permanecen las fuentes que, a pesar de ser numerosas, todavía no se han investigado, careciendo de análisis preliminares y de indicadores cuantitativos que permitan un acercamiento al estudio de la presencia y funciones del impreso desde los enfoques aquí propuestos.
La mayoría de los investigadores dedicados a estudios relacionados con el mundo de los libros, se ven obligados a comentar las variadas y complejas dificultades teóricas y prácticas que presenta el estudio de las fuentes documentales, pues las propuestas metodológicas están condicionadas por la documentación y sus índices de representatividad como fuente. Dificultades, entre otras, que pasan por cómo medir realmente la importancia del préstamo del libro o la utilización real que se hacía de las bibliotecas, la no aparición de algunos catálogos en los protocolos notariales de bibliotecas realmente existentes, el reflejo fiel o no de listados de libros en los inventarios post mortem o el problema de la identificación de las obras y su exacta cuantificación. La cuantificación, en cualquier caso, es necesaria como paso previo, pero obviamente, insuficiente, para analizar el complejo mundo de las prácticas lectoras, pues libro poseído no implica libro leído, ni la lectura presupone la posesión del texto, de ahí que debamos primar la circulación de lo impreso y la sociabilidad de la lectura.
La apropiación de la lectura y la escritura en culturas subalternas, las formas de alfabetización y las relaciones sociales que generan lo impreso en diferentes conformaciones grupales, la ideologización política y religiosa en contextos educativos y culturales, las mutaciones culturales que significan las instituciones de sociabilidad como las bibliotecas públicas, los vínculos de la ciudadanía con la escritura burocrática, el desarrollo del sector editorial hacia las compañías multinacionales, el intercambio o la circulación comercial en ámbitos nacionales e internacionales, los nuevos tipos de alfabetización (la informacional y la tecnológica), las repercusiones de las nuevas tecnologías, son asuntos todos ellos que no pueden abordarse sin ser conectados con su evolución histórica y el orden normativo que los ha dirigido y legitimado.

Notas

1 En 1910, Daniel Mornet ya había publicado su conocido artículo sobre las bibliotecas (Les enseignements des bibliothèques privées, Revue d’histoire littéraire de la France. 17, 449-496) abriendo un innovador campo para la investigación histórica.

2 Sobre historiografía del libro, cf. algunos estados de la cuestión como los de Darnton (2003); Chartier (1995a) [La primera sección, bajo el título genérico de Comparaciones ofrece un balance historiográfico en distintos países: Italia, España, Alemania, los Países Bajos, Inglaterra, Estados Unidos y Rusia]; y Peña Díaz (1996) [Capítulo I: Los historiadores y el libro: La historiografía internacional sobre la historia del impreso y La historiografía española sobre imprenta y cultura del libro (siglo XVI)].

3 Inventario de la librería de la casa que fue la botánica al cargo del doctor Mutis [copia manuscrita mecanografiada], s. d.

4 Archivo Histórico de Antioquia. Fondo Temporalidades, t. 118, doc. 3286. También se encuentra en el Archivo General de la Nación (Temporalidades, t. 14, fol. 64-71).

5 Biblioteca Nacional. Fondo Antiguo, RM399.

6 Esta obra retoma la de Eduardo Posada (1906), cuando hace referencia a este inventario.

7 Para Gimeno Blay la escritura como objeto de estudio se inscribe dentro de un proyecto intelectual que supere los límites disciplinares de las denominadas ciencias auxiliares de la historia como la diplomática, la paleografía o la archivística.

8 Para una historiografía hispanoamérica, cf. el Capítulo I (Los horizontes de una aventura historiográfica) de la obra de González Sánchez (1999); Hampe Martínez (2012); y Rubio (2014a: 21-30). En relación con el libro y su edición, también para el caso hispanoamericano, cf. el apartado titulado “Panorama historiográfico” de Rubio, Alfonso y Murillo Sandoval, Juan David (2016).

9 Sobre el interés reciente que ha despertado la historia de la lectura, desplazando a la historia del libro y de las bibliotecas, y sobre sus consideraciones como una disciplina “en palpitante construcción” (“su campo de estudio, indefinido; su terminología, cambiante; sus fronteras, móviles; y sus inagotable traslados, diagonales e interdisciplinarios, la definen desde el marco de una riqueza escurridiza, de complejo asedio”), véase del mismo autor (2006: 89-100); (2010: 1-14) y (2016: 17-39)

10 Para el caso novohispano, véase García, I. (2007: 79). En este artículo completo puede verse un más amplio listado de obras y autores dedicados al mundo de los libros en la sociedad novohispana.`

11 García López, G. L. (2003-2004: 259-263). Cf. Márquez Cruz, G. (1988: 5-19, p 9 y ss.). A su vez, Márquez Cruz sigue el modelo propuesto por Estivals, R. (1982, 1983).

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