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ARTÍCULOS

 

Tres perspectivas globales en Bibliotecología y Ciencia de la Información

Three global perspectives in Library and Information Science

 

Ivalú Ramírez Ibarra

Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas,  Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires / iramirezi@filo.uba.ar

Artículo recibido: 18-12-2015.
Aceptado:
06-05-2016

 


Resumen

Se plantean tres perspectivas de la Bibliotecología y Ciencia de la Información (BCI): la primera se refiere, por un lado a la situación del bibliotecario cada vez más cercana a la del usuario en sus necesidades de información y sus estrategias de búsqueda y, por otro lado a una posible relación entre ambos en la que los usuarios se perfilan como bibliotecarios en el futuro; la segunda perspectiva se enfoca en la postura de América Latina respecto de los países más desarrollados; y la tercera contempla  la necesidad de la BCI de preguntarse permanentemente sobre sí misma, sobre su naturaleza. Estas tres perspectivas se abordan tratando de abarcar sus aspectos globales, ya que las características de la dinámica de las relaciones entre individuos y sociedades del contexto actual así lo requieren.*

Palabras claves: Bibliotecología y Ciencia de la Información; Bases teóricas; América Latina

Abstract

Three perspectives of Library and Information Science (LIS) are discussed: The first one is about the increasingly nearness between the point of view of the librarian and of the user about their information needs and information-seeking strategies; the second perspective points out on the Latin American position regarding more developed countries; the third one, states LIS needs to permanently ask itself about its ontological and epistemological foundations. The perspectives are examined taking into account its global aspects, because of the characteristics of the dynamics of the relations between individuals and societies, as that is what the current context requires.

Keywords: Library and Information Science; Theoretical assumptions; Latin America


 

Introducción

Poner en perspectiva, en distintas perspectivas, a la Bibliotecología y la Ciencia de la Información (BCI) es un ejercicio complejo, tan complejo como el contexto en el que está inmersa, y su complejidad radica en las nuevas formas de relacionarnos las sociedades y los individuos. Nuevas respecto de aquellas que eran las “normales” (normalidad entendida como la cualidad que adquirieron a través de su permanencia en el tiempo y la lentitud con la que cambiaban; eran códigos que perduraban, lo cual les permitía generalizarse y ser compartidas si no por todos, sí por la mayoría de los seres humanos)  hasta la década de 1990, cuando se inició el vertiginoso desarrollo de la innovación tecnológica que puso al alcance de amplios sectores de la población sofisticadas máquinas y aparatos que, hasta entonces, eran de uso exclusivo de los ámbitos científico y militar. Las computadoras personales encabezan la larga lista de estas tecnologías que, desde entonces, no dejan de sorprendernos en un continuum de innovaciones, entre las que destacan, porque han marcado hitos: Internet, los buscadores de la web, la web 2.0 y las redes sociales, la web semántica, las computadoras portátiles y los dispositivos móviles. Las que en conjunto, conocemos como tecnologías de la información y la comunicación (TIC).
La generalización del uso de las TIC dio un gran impulso a una nueva y agresiva modalidad del comercio internacional: la globalización, que pasó, como ha sucedido históricamente con otros procesos que impactan y transforman a las sociedades (por ejemplo, el llamado descubrimiento de América), del ámbito económico al resto de los sectores de la sociedad: la cultura, las leyes, la política, la ciencia, la educación, etc., con toda su carga de movilización, desarraigo, polarización (Bauman, 1999). Pero también permitió la participación más activa de la sociedad en la difusión y producción de información y conocimiento, en el desarrollo de la cultura, en la generalización y adopción de procesos democráticos.
Comunicarse, entonces, adquirió nuevos sentidos y dimensiones que generaron, a su vez distintos tipos y niveles de relaciones entre individuos, comunidades, países y regiones. A las sociedades en las que se encuentran en mayor grado estos elementos se las llama Sociedad de la información o Sociedad del conocimiento según sea el punto de vista desde el que se las considere.
Frecuentemente se plantean a la Sociedad de la información y a la Sociedad del conocimiento como estadios ideales a los que, impulsada por el desarrollo y la innovación tecnológicos, inevitable y necesariamente debe dirigirse toda sociedad actual, sin embargo llegar a esos ideales se ha evidenciado como un problema muy difícil de resolver, porque el mismo desarrollo tecnológico ha generado nuevas desigualdades sociales expresadas en conceptos como la brecha digital y el analfabetismo informacional. Sin olvidar que, en estos tipos de sociedades la información y el conocimiento son considerados como bienes comerciales, como una de las mercancías que sustenta al sector servicios, por tanto su dinámica de funcionamiento es la de satisfacer, pero también crear, permanentemente, necesidades a los consumidores, es decir, a nuestros usuarios.
Por otro lado, tenemos al posmodernismo surgido de los cuestionamientos a las bases modernistas y positivistas de la cultura y la ciencia respectivamente, apelando al “abandono de los sistemas globales de interpretación, de esos ‘paradigmas dominantes’ […], así como también al rechazo de las ideologías que los llevaron al éxito […]” (Chartier, 1996: 45) que venían planteándose desde la década de 1940.
Dichos cuestionamientos han propiciado, entre otras cosas, un reconocimiento cada vez más amplio de las minorías, relegadas por el autoritarismo dominante en las ideologías totalitaristas y a una mirada crítica respecto de la búsqueda de la sociedad ideal que estas sostenían como fin al que la ciencia y la tecnología debían conducirnos; en el ámbito de la BCI han generado el rechazo de los fundamentos de los sistemas de clasificación y organización del conocimiento propios de la disciplina por su concepción generalista, la postura aparentemente apolítica de la misma y la “parcelación del acceso a la información” (Parada, 2014).
Jameson alerta sobre un aspecto del posmodernismo que empaña sus cualidades más relevantes: posiciones y actitudes que “aparecen como reacciones específicas contra las formas establecidas del modernismo superior, contra este o aquel modernismo superior dominante que conquistó la universidad, el museo, la red de galerías de arte y las fundaciones” (Jameson, 2006: 166).
Y bien se puede incluir a las bibliotecas entre estas instituciones. La posmodernidad ha llevado a posturas que generan confusión e indefinición, ya que, al sentirse obligados a replantearse y cuestionarse todo compulsiva y permanentemente, se corre el riesgo de volcarse a una forma de mirar única por oposición a otra u otras; puede impedir ver las ventajas y las desventajas, los caminos, las opciones y los ritmos más convenientes para el estudio, la planificación y el desarrollo de una disciplina. Tal fue el caso de la Bibliotecología cuando el positivismo se impuso como punto de vista dominante en sus marcos teóricos y metodológicos. Las lecciones dejadas por esa etapa tendrían que ser una voz consejera en estos momentos en que la complejidad del contexto desafía muchas de las bases y conceptos de la disciplina, para tratar de evitar hacer planteamientos porque así lo impone el momento.
Tres de las cualidades del posmodernismo que han modificado significativamente algunos de los principios más arraigados de la Bibliotecología son: la difuminación de “algunos límites o separaciones clave, sobre todo la erosión de la vieja distinción entre cultura superior y la llamada cultura popular” (Jameson, 2006: 166), el reconocimiento de minorías como sectores sociales y el posicionamiento de la lingüística en los procesos de comunicación cultural, lo cual ha generado una cascada de matices en los conceptos y definiciones aceptados y reconocidos tradicionalmente en la disciplina.
Entonces, el complejo ejercicio de pensar la BCI desde distintas perspectivas es interesante y enriquecedor, y practicado con seriedad y propósito genera análisis, discusión, diálogo, intercambios que, a su vez, son fuente para la investigación, de bases teóricas y proyectos necesarios para orientar la práctica cotidiana dirigida a la comunidad de usuarios. Además, las perspectivas generan y se generan a partir de preguntas que constituyen guías en los procesos cíclicos de desarrollo, actualización e integración social de toda disciplina, preguntas tales como: ¿para qué replantearse los fundamentos teóricos de la BCI?, ¿para subsistir como disciplina frente al embate de otras?, ¿para seguir cumpliendo sus objetivos “tradicionales”? que, ¿pueden ser los mismos frente a tantos cuestionamientos?, ¿para reposicionarse dentro de un área cada vez más amplia y especializada abarcadora de todos los estudios referidos a la información y el conocimiento?, la bibliotecología reposicionada y fortalecida ¿marcará tendencia?; en tal caso ¿dentro de qué marco, de qué estructura social, acompañando qué tendencias o ideologías?, ¿no estar de moda o conforme a la tendencia nos aleja de la sociedad a la que nos debemos que sí está inmersa en la moda?

Tres perspectivas

En el presente trabajo se han elegido, de entre las múltiples posibles, tres perspectivas desde las que mirar a la BCI: Bibliotecario-usuario de hoy, usuarios-bibliotecarios de mañana; la postura de América Latina respecto de los países más desarrollados; y la necesidad de la BCI de preguntarse permanentemente sobre sí misma.
Estas perspectivas surgieron de reflexiones hechas a partir de lecturas de textos referidos tanto a la problemática que enfrenta la BCI desde hace un tiempo,  de la cual se ha dado un breve panorama en la introducción, como a las distintas perspectivas de análisis y posibles soluciones. Fueron surgiendo una a partir de la otra. La primera surge porque la relación del bibliotecario con la comunidad y el usuario se ha venido modificando permanentemente al ritmo que la tecnología impone; esos cambios nos afectan a nivel personal ya que también somos usuarios de esa tecnología, y a nivel profesional porque exigen conocimientos y competencias que obligan al estudio y actualización permanentes. La segunda se origina porque queda claro que esa relación bibliotecario usuario, fundamental para la Bibliotecología, tiene características particulares en el contexto latinoamericano, por tanto, requiere de quienes ejercen esa profesión en la región, que fundamenten la disciplina en esas particularidades para poder llegar a su comunidad. Y, la tercera tiene lugar porque la BCI ha tenido que replantearse sus objetivos, alcances, métodos y metodologías como una de las consecuencias del crecimiento exponencial de la producción de información y de la innovación tecnológica, del surgimiento de áreas de conocimiento y disciplinas dedicadas a su estudio y, del impacto de esto en el funcionamiento de las bibliotecas y unidades de información. Lo cual invita a la disciplina a realizar un continuo ejercicio responsable y metódico de adaptación a la realidad que le compete.
Para desarrollar las perspectivas elegidas se buscará describir los caminos que llevaron a las mismas a partir de las ideas que actuaron como disparadoras, para después reforzarlas con aportes de autores que se han referido al tema.

Bibliotecario-usuario de hoy, usuarios-bibliotecarios de mañana

La primera perspectiva que interesa plantear es la que hemos llamado bibliotecario-usuario hoy, usuarios-bibliotecarios de mañana. Se refiere a la postura de dos de los protagonistas principales de la Bibliotecología frente a la necesidad, la búsqueda, la recuperación y la utilización de la información ahora y en un futuro probable teniendo como marco de referencia el uso de las TIC. Interesa especialmente que el punto de vista de ambos sea en un plano de igualdad frente a estos desarrollos tecnológicos, que ambos sean vistos como usuarios de los mismos.
Cabe aclarar por qué el uso del singular en un caso y del plural en el otro. En el primero el sentido es el de una idea, un concepto que abarca el ser de cada una de las personas que hacen uso de la información, o que podrían llegar a hacer uso de ella, en una idea que los representa como un todo, en consecuencia esta idea nos permite visualizarlos como comunidades y sociedades. En ella el bibliotecario se mimetiza con el usuario al encarar el aprendizaje y el desarrollo de capacidades para hacer uso de las TIC, que generan  permanentemente nuevas alternativas y propuestas para buscar, obtener, transmitir, socializar, usar, reusar y transformar la información. El segundo caso nos representa una visión más particular, casi individual; desde ella podemos hablar de comunidades específicas que requieren cierto tipo de información o la utilizan con fines determinados.
Poner en un mismo concepto al bibliotecario y al usuario da la impresión de estar uniendo dos actores del hacer bibliotecológico que se encuentran en los extremos opuestos, o, mejor  en lados diferentes del mostrador. Sin embargo, dentro de esta perspectiva están unidos por la dinámica que impone la web 2.0, por la variedad de formatos y soportes de la información generados por las TIC que escapa a los formatos tradicionales que la biblioteca almacenaba, por la gran cantidad de canales de comunicación e información que se agregan a los habituales, y por el impacto que lo anterior  tiene en la diversificación de servicios y sus modalidades que la biblioteca puede ofrecer. Todo lo cual ha puesto al bibliotecario en una posición de usuario, aprendiendo permanentemente a hacer uso de la tecnología, con una mirada más cercana a la del usuario, más similar a sus necesidades, estrategias de búsqueda, canales de comunicación, apropiándoselas; aceptando, incluso, la validez del leguaje natural como un aliado en el diseño de sistemas de recuperación de información. Entonces, el bibliotecario se mimetiza con el usuario, no en la manera en que Fiels lo plantea cuando dice que el bibliotecario se ve más similar al usuario, sino en el sentido de que tiene una mirada más parecida a la del usuario cuando ambos buscan información (Fiels, 2011).
Que el bibliotecario se asuma como usuario es una actitud importante para poder valorar e intentar integrar los reclamos del usuario de participar en todos los contextos en los que se encuentra la información que le interesa, incluida la biblioteca. Villaseñor Rodríguez considera que para conocer y estudiar al usuario 2.0 es conveniente considerarlo como parte de una comunidad, no como un individuo aislado (Villaseñor Rodríguez, 2015). Qué mejor que esa comunidad sea aquella de la que forma parte también el bibliotecario, quien deberá aprender a tomar la iniciativa para formar esas comunidades virtuales en la biblioteca basándose en las posibilidades que ofrece esta como institución social y cultural, con el objetivo de ir formando, difundiendo y consolidando una cultura bibliotecaria en la que tienen un lugar la ética en el uso de la información, la valoración y adaptación del uso de los lenguajes bibliográfico y documental y sus características, el uso de estrategias de búsqueda, el conocimiento de los recursos de información, etc.
Corresponde aclarar a qué se hace referencia con el término cultura bibliotecaria. La forma en la que alguien se comporta dentro de un ámbito específico depende del grado de conocimiento que tiene del mismo, si conoce su dinámica, sus espacios, si sabe qué va a encontrar allí y cómo encontrarlo, si puede comunicarse e interactuar fluidamente con quienes lo comparte, su comportamiento será abierto, relajado porque está familiarizado y comparte los “códigos” de ese espacio. Un ámbito específico puede ser el teatro, el museo, el club deportivo, la biblioteca como instituciones o las redes sociales, las plataformas virtuales y los sitios web como espacios virtuales. Cada uno de estos ámbitos tiene sus propias dinámicas y flujos de comunicación y de actividad, sus “códigos” compartidos, su cultura particular. La cultura bibliotecaria se entiende así, como aquello que le permite a quienes hacen uso de la biblioteca comportarse naturalmente en ese ámbito, porque lo conocen, lo entienden, se comunican, lo usan, lo disfrutan. Porque se lo han apropiado.
¿Puede la biblioteca, con toda intención, promoverse a sí misma de tal manera, que el usuario descubra lo que ella le ofrece; no en el sentido de saber qué servicios presta, sino de que experimente y comprenda lo que puede lograr en ella y con los recursos que le ofrece, que están allí para que los use, los explote, los transforme? (Budd, 2004: 366). Esto sólo se puede lograr experimentando la biblioteca, estando plenamente en su espacio físico o virtual. Por ello cada visita de un usuario, cada vez que alguien entra a ella es una potencial oportunidad de que esta comprensión suceda, y es responsabilidad del bibliotecario crear las condiciones para ello.
Los mismos elementos que dan origen a la faceta usuario-bibliotecario hoy, también dan pie a la de usuarios-bibliotecarios de mañana, la única diferencia es que en esta las TIC y  su revolucionaria influencia en los lugares y flujos propios de la información, están proyectadas en el futuro en el que los profesionales de la BCI y sus usuarios serán todos, nativos digitales, a diferencia del presente en que convivimos nativos digitales con nativos analógicos y, por ello, necesariamente tendrán una perspectiva diferente a la de los bibliotecarios de hoy en lo que respecta la relación con los usuarios y a la forma de gestionar la información.
¿Cuál será esa perspectiva? ¿Cómo será esa relación? Es probable que los usuarios participen más activamente en la gestión de la biblioteca, en la selección, adquisición, digitalización y/o creación de los materiales de las colecciones y las colecciones mismas; en todas las etapas de los procesos técnicos especialmente en la clasificación de los contenidos; así como del desarrollo de actividades académicas, culturales y comunitarias en los espacios tanto físicos como virtuales de la biblioteca. Que esta participación se realice a través de la cultura bibliotecaria depende de que ahora se trabaje en la construcción de la misma y de su difusión en la sociedad a través de los ámbitos educativo, académico y cultural.

La postura de la BCI en América Latina respecto de los países desarrollados

Esta es una perspectiva social que no es nueva, se ha planteado ya otras veces en distintas épocas (Sabor, 1966; Matijevic, 1974; Álvarez Zapata, 2005). Sin embargo, a la luz de las circunstancias descritas, amerita ser retomada con la intensión de que su discusión permita avanzar en la concreción de acciones y resultados. La Bibliotecología en América Latina deberá tomar su propia forma, tal vez, casi seguramente, distinta a la de los países más desarrollados, que tienen una larga tradición bibliotecológica que responde a las características de sus sociedades, de su historia y cultura. ¿Cómo es nuestra tradición bibliotecológica?, ¿la tenemos? es decir, ¿la tenemos al hablar de la teoría, de la reflexión sobre sus fundamentos, de sus vínculos con nuestras sociedades, de sus métodos y herramientas desarrolladas ad-hoc a partir de investigaciones, estudios, mediciones, estadísticas periódicas y constantes de la propia realidad y de los servicios que se prestan, de los aportes sociales y, por qué no, de los beneficios económicos logrados?
En América Latina hay una larga historia de iniciativas de cooperación regional en BCI, la mayoría de ellas impulsadas por organismos multilaterales creados y liderados por países desarrollados y sus regiones.  Las primeras de esas iniciativas, que tuvieron lugar aproximadamente entre 1895 y 1909, son las que impulsaron la colaboración bibliográfica a partir de técnicas, modelos y herramientas documentales desarrollados con base en y para auxiliar a la ciencia y a la tecnología y su marco positivista, en el manejo de la gran cantidad de información que iban generando. Estas iniciativas fueron impulsadas por organismos internacionales que promocionaban las múltiples virtudes de sus propuestas: infalibilidad, universalidad, normalización; pero también representaban intereses económicos y políticos de países y regiones  determinados como son Europa continental con la Oficina Bibliográfica de Bruselas, su proyecto documental y la Clasificación Decimal Universal (CDU) por un lado, y Gran Bretaña y España con el International Catalogue of Scientific Literature auspiciado por la Royal Society por otro (Menéndez Navarro, Olagüe de Ros, Astrain Gallart, 2002).
A partir de la  década de 1950 en adelante, este tipo de emprendimientos se extendió al campo bibliotecológico, esta vez liderados por Estados Unidos a través de organismos como la OEA y la Unión Panamericana en colaboración con la UNESCO y el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), que promovieron conferencias, encuentros, comisiones de trabajo, etc., en el seno de los cuales se generaron convenios, planes, proyectos, programas, becas, asistencia técnica, cursos, que, a su vez, han dejado huella y distintos productos (manuales, normativas, formatos, reglas, colecciones, etc.) que innegablemente forman parte valiosa de nuestro ideario bibliotecario porque significan el fruto del trabajo de quienes iniciaron el ejercicio y la enseñanza de las disciplinas bibliotecológica y documental en Latinoamérica. Sin embargo, no lograron que la biblioteca como institución social y como idea cotidiana se arraigara en nuestras sociedades y que la población se la apropiara. Tampoco se logró que fuera entendida y reconocida por los gobernantes y las autoridades como un agente cultural y social valioso en la formación de ciudadanos, antes bien pareciera que las temieran.
Se ha atribuido este resultado negativo a las profundas desigualdades sociales y económicas que padecen los países de la región tanto hacia dentro de cada uno de ellos, como entre ellos. Sabor lo plantea relacionando el atraso educativo con la precariedad de los sistemas de bibliotecas, sugiere que si no hay voluntad para fortalecer la educación menos la habrá para hacer otro tanto con las bibliotecas (Sabor, 1966; Matijevic, 1974). Además, es muy probable que también hayan hecho su aporte la corta duración y la falta de continuidad de estas propuestas, de su monitoreo y de la evaluación de resultados; consecuencia esto de su carácter de iniciativas externas impulsadas por intereses ajenos e incluso impuestos y realizados con financiamiento externo.
Un valioso punto de partida para discutir estos temas es la visión de Varsavsky1 respecto de las posibilidades del desarrollo de América Latina a partir de la consideración y reflexión seria del hecho de que la ciencia de los países más desarrollados no es la única ciencia, que tampoco es neutra y pura, y que los científicos que la realizan no son infalibles y apolíticos al imponer temas, métodos y criterios de evaluación. Su argumentación en defensa de la ciencia politizada sostiene la necesidad de hacer ciencia para beneficio del propio país y estudiar los aspectos teóricos y prácticos de un cambio del sistema social para lograr que ello suceda (Varsavsky, 1969).
Otro contexto que refleja la gran diferencia entre las sociedades latinoamericanas y las de los países desarrollados es el de los avances en las tecnologías de la información y la comunicación. Las sociedades latinoamericanas están varios años atrasadas respecto de los países desarrollados; esta situación permite plantearse distintos escenarios, en el marco de esta perspectiva y de las definiciones que se pueden tomar a partir de la misma, de los cuales exponemos tres:

  • Cuando se cumple un ciclo consistente en llegar a la situación de desarrollo tecnológico que estos países tenían hace, por ejemplo, 3 años, ellos ya adelantaron proporcionalmente. Basta ver por ejemplo el informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre estudiantes, computadoras y aprendizaje, que compara la evolución de distintos parámetros entre 2009 y 2012 (OCDE, 2015: 20). Siempre va a suceder esto mientras se tenga la mirada puesta en “alcanzarlos”, en ser iguales a ellos como una meta ideal, aunque seamos tan distintos.
  • Observar nuestra realidad, nuestro entorno y tomar lo que convenga de lo que se nos vende, impone, ofrece, regala; probarlo en nuestro contexto y tomar la dirección que corresponda, que no sea otra sino la que acompañe, enriquezca, beneficie a nuestra sociedad, con sus características particulares. Por ejemplo, la gran aceptación, práctica y asimilación del acceso abierto en Argentina y el consecuente desarrollo de bases de datos, repositorios, software y plataformas en base a esa filosofía con reconocimiento internacional.
  • Igualmente, una vez que los avances científicos y tecnológicos llegan a nuestros países se distribuyen entre la población de manera profundamente desigual y, una vez que alcanzan una difusión popular, ya la realidad es otra respecto de aquella a la que llegaron. Por ejemplo, la migración de los soportes de la información. En estas latitudes aún se usan soportes y formatos obsoletos en otros países, y conviven con otros de última o casi última generación, creando particularidades solo propias de nuestras sociedades.

Es necesario asumir que estos mecanismos de imposición de ideales aparentes culturales, económicos, políticos de los países desarrollados, puestos en contraste, pero desde un plano superior, con nuestras realidades ideológicas, históricas, sociales, de tal manera que estas últimas salen perdiendo porque quedan con una imagen negativa, en muchos aspectos solamente por efectos de la sola comparación; son una forma de ejercer poder. Este planteamiento queda expresado en el concepto de poder suave (soft power) de Joseph Nye, que lo define como “la habilidad de conseguir lo que se quiere mediante la cooptación por la atracción que ejercen la cultura, los valores o las políticas de quien lo ejerce, […]. Cooptar, dice Nye, significa diseñar las preferencias de otros y conseguir que los otros quieran los resultados que uno quiere.” (Nye citado por Vilas, 2013: 73) Este autor sostiene además que Estados Unidos a partir de la década de 1960 realizó una promoción explícita de sus valores e interpretación de la democracia y los derechos humanos, a través de las agencias y oficinas de difusión cultural y de información de sus embajadas. Esto es muy claro en el impulso, mencionado más arriba, que se le dio a la Bibliotecología en América Latina durante esa época, la biblioteca Franklin en México y el Centro Lincoln en Buenos Aires son un ejemplo de ello, fueron modelos del ideal de la biblioteca pública con colecciones muy completas, especialmente la de referencia, servicios bibliotecarios eficientes. Además, elaboraron varios manuales que han sido durante décadas el modelo a seguir para las bibliotecas en esos países.
Tener en cuenta esto nos da elementos para pensar las cosas de otra manera antes de encaminarnos, por ejemplo a la Sociedad de la información tal como la entienden o nos la presentan los países desarrollados, y antes de pensar en las bases epistemológicas de la BCI en América Latina. Porque en lo que se refiere a las bibliotecas el atraso o, por qué no solamente la diferencia, es más evidente y sensible, cuando se habla de los cambios que se vienen, de los replanteos que tenemos que hacer para adaptarnos a la llamada Sociedad de la información. Esto es así porque en sociedades tan desiguales y estratificadas, no llegó a consolidarse la figura de la biblioteca como se la entiende y usa en esas sociedades; en las que ahora ya se plantean cambios de concepción de la biblioteca, sí pero respecto de lo que llegó a ser allá. ¿Dónde posicionarnos, cuáles son los cambios en nuestro caso? Necesariamente son diferentes.
Cabe además considerar la complejidad de las relaciones que se dan en el entorno inmediato de las personas con los entornos que impone la globalización, y que influye en la forma como cada país y cada región enfrenta este fenómeno:

Al observar la variedad de compromisos identitarios y de modos de simbolizar el sentido social, comprobamos que los conocimientos necesarios para situarse significativamente en el mundo deben obtenerse tanto en las redes tecnológicas globalizadas como en la transmisión y reelaboración de los patrimonios históricos de cada sociedad (García Canclini, 2004: 189).

La complejidad se encuentra en la forma en que las relaciones del entorno inmediato de un individuo son relaciones culturales, porque le dan sentido y significado a la vida social de las personas dentro de una comunidad, y dentro de la sociedad en la que conviven físicamente; cuando los individuos encuentran significados y sentidos en comunidades, no sociedades, con las que se relacionan a distancia, a través de la tecnología, su cultura cambia, se enriquece, se amplía, pero entran en juego consideraciones tales como ¿en base a qué sentidos y significados se va organizar su vida social?
En este contexto se reformula la clásica oposición entre comunidad y sociedad: se distinguen relaciones primarias donde se establecen vínculos directos entre personas; relaciones secundarias que ocurren entre funciones o papeles desempeñados en la vida social; relaciones terciarias mediadas por la tecnología y grandes organizaciones; y relaciones cuaternarias en las que una de las partes no es consciente de que existe la relación (Craig Calhoun y Ulf Hannerz citados por García Canclini, 1999).
Finalmente, esta perspectiva considera la condición política de la biblioteca y, por tanto, de la Bibliotecología; de lo contrario ¿cómo puede ser que el lugar y objeto de estudio de una disciplina sean políticos y la disciplina no? La biblioteca es política porque es una institución social cuyos servicios y contenidos responden a políticas establecidas por gobiernos y autoridades: las políticas de lectura, de acceso a la información, de alfabetización informacional, etc., son o pueden ser desarrolladas, implementadas y puestas al alcance de la población a través de las bibliotecas; es por ello que se la llega a considerar como una de las herramientas de la inclusión social para ayudar a formar a los individuos de todos los sectores sociales como ciudadanos conscientes de sus derechos y obligaciones ante la sociedad y, en consecuencia, con mayor capacidad de participación en la vida política. Esta participación es fundamental para la democracia. Desafortunadamente, tanto el impulso de aquellas políticas, como el apoyo a las bibliotecas, dependen de la voluntad de quien o quienes ejercen el gobierno o la autoridad en determinado momento, lo cual hace que, particularmente en el caso latinoamericano, las bibliotecas y los servicios y sistemas de información públicos padezcan una situación de inestabilidad y vulnerabilidad crónicas.
Los bibliotecarios debemos tomar consciencia de esto para participar más activamente en la construcción social de la institución bibliotecaria, y procurar que vaya más allá de  voluntades personales o administrativas y ayudar a que se “encarne” en la sociedad. Para ello es importante hacer un acto consciente y cotidiano el de “construir políticamente lo que llamamos bibliotecas” (Parada, 2015). En pos de ello, Meneses Tello propone que se prepare a los bibliotecarios con planes de estudio que “relacionen de manera concreta esta disciplina con fenómenos u objetos de estudio de la ciencia política, tales como la democracia, el poder, el Estado, entre otros” (Meneses Tello, 2007: 395). Para que estén capacitados para pensar su actividad en su contexto real. Así,

La necesidad de la acción política surge de la pluralidad constitutiva de lo social y de la indeterminación de los efectos derivados de esta. […] La actividad política tiene por rasgo y efecto específicos la construcción, la preservación y la transformación de la organización de la sociedad, con independencia de las modalidades históricas que esa construcción, preservación o transformación asumen (Vilas, 2013: 68).

La biblioteca dentro del lugar que le corresponde en el engranaje social, puede participar de esa construcción, preservación y transformación de la organización de la sociedad y, valiéndose de esa posición, la BCI debe asumir acciones concretas para participar e incidir en lograr que la información y el conocimiento pertinentes circulen de manera productiva y útil en todos los niveles y sectores de la sociedad respetando sus características culturales.

La BCI debe preguntarse permanentemente sobre sí misma.

Esta perspectiva encierra dos elementos definitorios uno es un verbo y el otro un adverbio y anuncian una acción sin fin, lo cual no significa que la acción de preguntarse lleve solamente a una o varias respuestas, sino que esas respuestas lleven a otras preguntas y, a la vez, prevengan de dar por sentadas de manera definitiva las respuestas obtenidas. Preguntarse a sí misma ¿qué es?, una disciplina, una ciencia, una ciencia social, para ello habrá que responder  a la pregunta ¿cuál es su objeto de estudio y cuál es la naturaleza del mismo? y después ¿qué objetivos tiene, qué hacer para alcanzarlos, cuándo y cómo sabe que los está cumpliendo? ¿Cómo se establecen los flujos entre la práctica y la teoría en su cuerpo de conocimientos?
La discusión en torno a estos temas está instalada en la BCI hace más de veinte años, es muy intensa e interesante. Evidentemente, se trata de una reacción, no sólo de la BCI sino de todas las áreas del conocimiento, a este escenario global, hiperinformado y, en consecuencia, deficientemente informado, tecnológico, de conflicto social, de aparente igualdad en la virtualidad y de profunda desigualdad en la realidad, etc. Haremos referencia a dos de los planteamientos puntuales que surgen de esta discusión y a algunos de sus aspectos relevantes.
El primero es la contraposición de paradigma físico o material frente al paradigma cognitivo. Al hacer su análisis epistemológico de la BCI Capurro toma la teoría de la estructura de las revoluciones científicas de Kuhn, en la que sostiene que llega a suceder que, en el centro mismo de la consolidación de un nuevo paradigma hay comunidades científicas haciendo investigación con el modelo de un viejo paradigma y que, tanto esta situación, como aquella en la que conviven en un mismo momento varios paradigmas al interior de una ciencia, pueden ser características de la ciencia normal (Capurro 2007). Esta normalidad puede asimilarse a la BCI, cuando se discute cuál es la información más relevante para el análisis de los documentos, aquella que le va a permitir al usuario encontrarlos: la del continente que lo hace único, en el que se apoya el paradigma físico; o aquella que corresponde al contenido del documento y que la proyecta como parte de un conjunto o de un sistema intelectual y cultural según la visión del paradigma cognitivo.
“Cuando se multiplican paradigmas altamente divergentes, al punto que rivalizan con los dominantes, ocurre una crisis que vuelve a patentizar componentes ideológicos y jerárquicos. Los paradigmas emergentes evidencian nuevos contextos y una recomposición de las relaciones de poder” (Hernández Quintana, 2007). No es necesario volcarse definitivamente a uno u otro paradigma, la tecnología misma no tiene las características que permitan que el aspecto cognitivo de los documentos pueda ser representado en toda su extensión y riqueza, la consolidación de esa tecnología está todavía en proceso, y se complica por múltiples cuestiones técnicas y sociales (de compatibilidad, preservación, brecha digital, etc.). Mientras, para el soporte físico continúan desarrollándose modelos y herramientas. Es probable que la convivencia de ambos soportes se extienda por un largo periodo de tiempo. Así, conviene tener estos dos paradigmas en juego, no por obcecación sino por necesidad, para poder hacer una transición que corresponda con las características y los tiempos de la sociedad en la que se está inserto. Dicha transición puede ser a un nuevo paradigma o a la combinación de los existentes con otro nuevo. Esta dinámica paradigmática es un modo de adaptación para tener mayor capacidad de sobrevivir a través de la creación de nuevas interpretaciones de la realidad.
El segundo planteamiento se refiere a la discusión de la falta de metodologías y métodos propios de la BCI y de la posible creación de los mismos, o de su adopción tomándolos de otras disciplinas pero ¿de cuáles disciplinas?, ¿de las más próximas según su objeto de estudio o de aquellas cuyos métodos se puedan adaptar mejor a la BCI?, lo cual lleva a considerar también el papel de la, cada vez más necesaria, interdisciplinariedad y la suspicacia que genera hacia dentro de la disciplina. Hjorland dice que “diferentes aproximaciones en Ciencia de la información (CI) (tales como los paradigmas físico y cognitivo) pueden ser entendidas como partes de tendencias teóricas interdisciplinarias más generales. Cada tendencia tiene sus propias fortalezas y debilidades, las cuales pueden ser iluminadas por un análisis filosófico más consciente. La CI ha estado muy dominada por puntos de vista relacionados al empirismo y al racionalismo, pero en años recientes han empezado a influir en el campo miradas más interpretativas, históricas y neopragmáticas” (Hjorland, 1998: 608). Tal como sucedió con la historia con el impulso de Chartier y otros en la década de 1980, cuando las teorías y conocimientos de esa disciplina entraron en franca crisis, ellos abordaron frentes abiertos por otras disciplinas que habían asumido una postura crítica hacia los postulados de las Ciencias Sociales, e integraron (o reintegraron) nuevos objetos de estudio, por ejemplo: los ritos y las creencias, las estructuras de parentesco, las formas de sociabilidad, los funcionamientos escolares; sobre los que se podían “poner a prueba modos de tratamiento inédito sacados de disciplinas vecinas: así las técnicas de análisis lingüístico y semántico, las herramientas estadísticas de la sociología o ciertos modelos de la antropología” (Chartier, 1996: 46-47).
La BCI cuenta con una larga trayectoria de principios teóricos en los que se apoya y tiene sus orígenes. En este cuerpo teórico el procesamiento de la información es uno de los pilares de la disciplina: la catalogación, la clasificación y la indización, y ha generado el lenguaje bibliográfico, que es un eje que la atraviesa tanto vertical como horizontalmente, en la teoría tanto como en la práctica, y que habrá de permitirle continuar diferenciada y única frente al resto de las disciplinas dedicadas a tratar con la información (Svenonius, 2001).
La BCI cuenta con el lenguaje bibliográfico y con una cultura de conocimiento, valores y estructuras sociales propias para apoyarse firmemente en su campo y, desde ahí, interactuar con otras disciplinas cercanas ya sea por sus objetos de estudio similares o por otras formas de abordar su mismo objeto de estudio; pero con su epistemología y metodología particular (Buckland, 2012: 7). Además, las especialidades académicas desarrollan su cultura de conocimiento, lenguaje y valores no solamente a partir de su materia de estudio sino también del contexto histórico en el que se desenvuelven y de las características de la sociedad y la comunidad en las que están insertas, de las que forman parte los seres humanos que las sustentan.

Conclusiones

A lo largo de este trabajo priman las preguntas sobre las certezas, esto es un reflejo de lo que está sucediendo en la BCI y en la mayoría de las áreas del conocimiento, no solamente las sociales. Lo importante es ir respondiendo esos cuestionamientos y, para ello, es conveniente no olvidar que todos ellos surgen de una necesidad social y sus respuestas se dirigen a satisfacerla. Esa “necesidad, como todo lo que es propiamente humano, no consiste en una magnitud fija, sino que es una esencia variable, migratoria, evolutiva –en suma, histórica” (Ortega y Gasset, 1944: 27). Y los contextos juegan un papel fundamental en su abordaje porque “cuando tomamos algo, sea lo que sea, aun lo más diminuto y subalterno, en su realidad nos pone en contacto con todas las demás realidades, nos sitúa como en el centro del mundo y nos descubre en todas las direcciones las perspectivas ilimitadas  y patéticas del universo” (Ortega y Gasset, 1944: 27-28).
Entonces, por complejo que sea y, más especialmente si lo es, plantearse la realidad desde distintas perspectivas es un ejercicio enriquecedor para la disciplina porque incrementa las posibilidades de la creación de nuevos conocimientos indispensables para su desarrollo y trascendencia; lo cual no impide divertirse un poco con todo esto e imaginar, soñar, inventar, crear en el espacio de acción veloz, cambiante, diverso y maravilloso en el que nos toca desempeñarnos como profesionales.

Nota

* Una primera versión de este documento fue presentada como trabajo final del seminario Perspectivas globales en Bibliotecología y Ciencia de la Información a cargo del Dr. Alejandro E. Parada que se llevó a cabo entre mayo y junio de 2015, en el marco de la Maestría en Bibliotecología y Ciencia de la Información, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de la República Argentina; y es producto de las lecturas, discusiones y reflexiones que surgieron durante el transcurso del mismo.

1 Químico y destacado matemático argentino que a finales de la década de 1960, desarrolló una propuesta en la que el sistema social, la ciencia y la técnica en los países de América Latina, están integrados en base a un objetivo común que es el bienestar social.

Referencias bibliográficas

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