La guerrilla carlista en el Maestrazgo a través del diario de Roque García (1838-1840)



Daniel Macías Fernández

Universidad de Cantabria, España

daniel.macias@unican.es


Rafael Herrera Ninou

Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado, España

rafa@spirfa.com



Fecha de recepción: 15/07/2024

Fecha de aceptación: 2/10/2024



Resumen

El presente artículo se adentra en la Primera Guerra Carlista (1833-1840) en el escenario del Maestrazgo de la mano de Roque García. A partir de las anotaciones del diario inédito del citado guerrillero, se trata de constatar la movilidad de las fuerzas insurrectas en tal teatro de operaciones. Este caso concreto permite reconstruir un eficiente tipo de guerra irregular. Lo fue en tanto en cuanto el Estado tardó siete años en aplastar las fuerzas tradicionalistas. La investigación permite, a partir de un acercamiento histórico micro, analizar los planteamientos bélicos en el Maestrazgo, al tiempo que se constata la importancia nuclear de la movilidad para la estrategia guerrillera.

Palabras clave: Carlismo, Maestrazgo, Guerrilla

The Carlist guerrilla movement in Maestrazgo through the diary of Roque García (1838-1840)

Abstract

This article explores the First Carlist War (1833-1840) in the Maestrazgo region through the work of Roque García. Based on the notes in the unpublished diary of the aforementioned guerrilla fighter, the aim is to ascertain the mobility of the insurgent forces in this theatre of operations. This specific case allows us to reconstruct an efficient type of irregular warfare. This was the case insofar as it took the state seven years to crush the traditionalist forces. From a historical micro-approach, the research allows us to analyze the approaches to warfare in Maestrazgo, while at the same time confirming the central importance of mobility for the guerrilla strategy.

Keywords: Carlism, Maestrazgo, Guerrilla

Introducción

En el año 2000, el profesor Puell de la Villa, uno de los principales especialistas en Historia Militar española, en una conferencia en la Casa Velázquez (Madrid), reflexionaba sobre el estado de la historiografía de temática castrense. En ese momento, el curso de tales investigaciones era muy desigual, con algunos temas muy tratados por historiadores nacionales y extranjeros y otros muy poco trabajados. Entre estos últimos, decía el prestigioso historiador: “Destaca […] la falta de estudios sobre las campañas decimonónicas […], salvo el publicado por el profesor Bullón de Mendoza […], sobre la primera guerra carlista”. Un cuarto de siglo después, el panorama ha mejorado y hay quien se ha encargado de algunas de estas deficiencias. Para el caso de interés del presente artículo, centrado en la Primera Guerra Carlista, hay que destacar los aportes de Urcelay (2002, 2006), de Moral (2006), de Albi (2017) y de Posadas (2021). Además, una serie de investigadores han centrado sus trabajos en cuestiones concretas de escenarios localizados. Sin embargo, el tipo de investigaciones tiende a converger en las grandes batallas, los movimientos, la naturaleza de la guerra o las bases sociales de los bandos en liza, refiriéndonos a las cuestiones puramente militares. Se añora una mirada micro que ponga en el foco de la investigación al común soldado. Por ello, el presente estudio trata de entrar en esa cuestión, si bien tocando un aspecto concreto como es la movilidad de las fuerzas carlistas en el seno de las partidas guerrilleras. Para lo dicho, se cuenta con una fuente de enorme importancia, un diario inédito de un voluntario carlista en el frente del Maestrazgo en el periodo terminal de la Primera Guerra Carlista.

Se trata de un manuscrito firmado por Roque García, manchego de Espinoso del Rey. Tal texto estaba en posesión de la familia, quien lo encontró al vaciar una vivienda de su propiedad. El diario comienza el 1 de enero de 1838 y concluye el 29 de diciembre 1848. Se desconoce si es único o formaba parte de un escrito mayor, perdido hasta el momento. Lo narrado en la fuente comprende tres periodos claramente diferenciados: hay una primera parte que se corresponde con un diario de campaña y se desarrolla desde el inicio de 1838 hasta el 5 de julio de 1840, momento en que García y sus compañeros se exilian en Francia. El contenido de esta parte es, a grandes rasgos, una descripción de los desplazamientos y de algunas jornadas de combate. No hay demasiada implicación personal en las líneas manuscritas. Tal hecho, su orden y su cuidada escritura pueden indicar una función de registro de los acontecimientos, posiblemente para la unidad de combate a la que pertenecía. También la presencia de operaciones matemáticas y la existencia de hojas de deudas y anotaciones de pago, a veces tachadas como si hubiesen sido saldadas, inducen a pensar en una labor administrativa de García. La segunda parte del diario cubre su exilio en Francia, desde el 6 de julio de 1840 hasta el 30 de abril de 1848. Detalla el recorrido hasta Lepuix, donde está exiliado hasta enero de 1841. Tras ello, su destino será Lons le Saumier, donde se mantienen hasta el 11 de julio de 1841 para a continuación desplazarse a Avignon hasta el 5 de septiembre de 1842. Su último destino fue Marsella hasta el 30 de abril de 1848. Los detalles de su periplo francés son nulos; se desconoce a qué se dedicaban o qué actividades realizaban. Nuevamente, la idea del uso registral del diario toma fuerza. La tercera parte se corresponde con la vuelta a España, y contiene anotaciones que van desde el 1 de mayo de 1848 hasta mayo de 1872, si bien muy fragmentarias a partir de la década de 1840. En primer lugar, detalla las localidades por las que retorna del exilio de camino hacia su casa en Marrupe (Toledo). Sin embargo, a falta de 40 kilómetros para llegar, tomó otro camino y se dirigió a Andalucía, desplazándose durante cuatro meses por tales lares, llegó hasta Córdoba y retornó por otro camino a Marrupe. Esta parte del cuaderno incluye algunas oraciones y cuentas de una sacristía. Roque afirma que fue sacristán en Marrupe. No es descabellado pensar en su formación en algún seminario previa a su incorporación a las filas carlistas, lo que explicaría su capacidad lectoescritora.

Este trabajo se centra en estudiar los dos primeros años de diario, los desplazamientos mencionados y los principales hechos de armas descritos. El motivo es poner el foco en una de las características base de la guerrilla carlista, y de muchas de las más exitosas fuerzas irregulares de todos los tiempos: la movilidad. De paso, se generan una serie de interrogantes anexos a la misma: ¿cómo vivían? ¿cómo se desplazaban? ¿estaban equipados para tales marchas? ¿cómo era la orografía? ¿la climatología era importante? ¿cómo se nutrían?... Por tanto, a partir de un documento particular de un guerrillero en una partida carlista en el Maestrazgo, se pueden extraer datos que vengan a mostrar un panorama general sobre el éxito de la estrategia guerrillera en la España de la década de 1830.

El carlismo y la guerrilla

La naturaleza del carlismo queda fuera de las posibilidades de análisis en el presente artículo. Sin embargo, hay que decir que el carlismo de 1833 puede integrarse dentro de las oleadas contrarrevolucionarias que sacudieron Europa a principios del siglo XIX (Veríssimo y Bullón de Mendoza, 1995). Estos movimientos tenían una serie de características comunes que se resumían en una fuerte presencia eclesiástica en la organización -o un nuclear discurso religioso-, un mensaje tradicionalista y un gran apoyo de la población rural (Rújula, 1990; Fernández Benítez, 1993; Martínez Dorado y Pan-Montojo, 2000). Para el caso español, don Carlos y sus partidarios pretendían hacer valer la pragmática sanción de Felipe V, conocida como Ley Sálica, según la cual muerto Fernando VII sin hijos varones, heredaría la corona su hermano y sus descendientes varones. Por su parte, los partidarios de Fernando VII (agrupados en torno a María Cristina de Borbón) y defensores de Isabel II sostenían la subida al trono de ésta. Pero más allá de quién heredara el trono, lo que realmente estaba en juego era qué tipo de régimen se había de imponer: absolutistas frente a liberales.1 El juego de poder en la Europa del periodo hizo que las potencias continentales -e insulares- buscasen la victoria de uno u otro bando en función de lo que creían les era más beneficioso en el plano internacional (Santacana, 2015).

Es interesante interrogarse acerca de la naturaleza de la conflagración bélica mencionada. Los primeros estudios sistemáticos sobre la cuestión inciden en su naturaleza de guerra civil, algo que se sigue manteniendo en las postreras investigaciones (Asín y Bullón de Mendoza, 1987; Posada, 2022). Lo cierto es que, incluso, se podía adjetivar tal realidad y caracterizarla de internacionalizada, especialmente para el bando liberal. Londres apoyó decididamente la causa isabelina con hombres y material, aunque hubo más potencias implicadas, si bien a una distancia considerable de la potencia insular (Santacara, 2015). Así se puede entrar en la cuestión general de esta Primera Guerra Carlista. El apoyo exterior siempre es importante a la hora de analizar un conflicto bélico. Hubo apoyo foráneo a los contendientes, pero en el reparto, el bando tradicionalista se veía clarísimamente superado por lo que recibieron los liberales. En cuanto al escenario general peninsular, los carlistas estaban asentados en el Norte, Cataluña y el Maestrazgo.2 Tales áreas no tenían continuidad territorial y eran periféricas con respecto a las fuerzas liberales. Éstos estaban en una posición central y tenían mayor facilidad para movilizar esfuerzos y trasladar hombres y recursos de unos frentes a otros. Continuando con este tipo de análisis, los partidarios de don Carlos no arraigaron en las grandes áreas urbanas, siéndoles más favorables los espacios rurales. La demografía también era muy diversa, claramente a favor del bando gubernamental. En el mismo sentido, el Ejército abrazó la bandera liberal y no hubo ni una sola unidad regular que defendiese el carlismo (Posadas, 2021: 205). Tampoco los militares de alta graduación fueron prolíficos entre esta última opción. Y ante este panorama cabe sentenciar que había una clara desventaja de los tradicionalistas frente a los gubernamentales: insurrectos frente al peso del Estado y sus instituciones, con mayor población y una posición más favorable que, además, contaba con amplio apoyo exterior (Clemente, 1985). Y pese a ello, el conflicto bélico duró siete años. ¿Cómo fue posible? Más allá de los deméritos liberales (Puell, 1996: 139-172) y sus propias deficiencias: “mediocremente mandado, mal alimentado, mal vestido y mal pagado” (Albi, 2017: 30), está claro que los carlistas plantearon una estrategia general exitosa, dictada en buena medida por la propia necesidad.3 Aquello de “hacer de su capa un sayo” fue aplicado por los líderes carlistas. La carencia de hombres, la falta de armas, de caballos y de suministros, la ausencia de unidades regulares (al menos en los primeros compases de la guerra) acabó empujando a los tradicionalistas a unas formas de guerra que ya habían sido implementadas con éxito en el territorio peninsular: la guerrilla. Este es un tipo de combate que entra dentro de la guerra irregular y que, conforme a las actuales coordenadas estratégicas, se integraría en la guerra asimétrica, aquella caracterizada por un enfrentamiento de bandos asimétricos en medios y capacidades. Ello no significa que no hubiese o se acabase conformando, en cronologías y geografías diversas dependiendo si se habla del Norte, Cataluña o el Maestrazgo, ejércitos regulares carlistas. Pero todos ellos se generaron sobre una base guerrillera y, más aún, tendieron a mantener partidas milicianas que apoyaban la causa. Por supuesto, fuera de esos escenarios, hubo guerrillas muy activas que nunca se consideraron regulares.

El éxito de las partidas guerrilleras residía, como suele ser habitual y en genérico, en el apoyo de la población local donde operaban -verdadero sostén logístico-, lo complicado del escenario de acción (orografía y entornos bioclimáticos complejos) y su familiaridad con el mismo. Por descontado, también era nuclear las características de la propia unidad de combate: aspectos materiales y morales. Lo primero, se vincula a equipamiento y pertrechos bélicos, amén de su adaptación al teatro de operaciones. En cuanto a lo segundo, la voluntariedad de los combatientes y su ideologización parecen claves. El liderazgo también era importante. Centrando la cuestión en el diario de Roque García, este combatió en el Maestrazgo carlista, una entidad espacial propia de unos 5.000 kilómetros cuadrados que no se corresponde propiamente dicho con ninguna unidad geomorfológica ni histórica (Posadas, 2021: 229-231).4 Se encontraba situado entre las capitanías generales de Zaragoza, Barcelona y Valencia, y nunca hubo un interés manifiesto en su control por ninguna de aquellas (Santirso, 1994: 75). Su carácter fronterizo entre entidades administrativas diversas, su alejamiento de las grandes ciudades, su limitada riqueza agropecuaria, lo rudimentario de las comunicaciones prexistentes, su aridez y lo complicado de su entramado orográfico (montañas, barrancadas, cuevas…), la hicieron un área de operaciones donde lo irregular dio considerables réditos militares. Algo que se vio reforzado porque hasta la proclamación de la Real Orden del 6 de octubre de 1835, los capitanes generales no podían destacar tropas fuera de sus territorios, de manera que los rebeldes pasaban a ser problema de otro cuando cruzaban de una linde administrativa castrense a otra (Cabello et al., 2006).

Pero hay quien se ha interrogado por la naturaleza guerrillera de las fuerzas carlistas en el Maestrazgo. Hay que tener en cuenta que los propios liberales gustaban de calificar a sus enemigos de bandidos y criminales, con la consiguiente aplicación punitiva. Es decir, minusvaloraban al enemigo y le sustraían de su carácter siquiera miliciano. Los Convenios Elliot y Segura-Lécera no se aplicaron a una amplísima cantidad de guerrilleros carlistas, quienes de facto fueron más motivados, si cabe, a no rendirse puesto que su destino era el de los vulgares criminales (Moral, 2006: 69; Posadas, 2021: 510-511). Por cierto, las levas cristinas también ayudaron a la causa carlista puesto que muchos mozos preferían combatir en su tierra a integrarse en la institución armada estatal, un destino incierto. Volviendo a la cuestión del carácter guerrillero del movimiento carlista, el debate ha sido intenso. Hay quienes matizan por periodos y ponen el énfasis en lo guerrillero o lo regular dependiendo del momento. En cualquier caso, parece claro que sobre la base guerrillera se montan unas fuerzas regulares que, sin embargo, siguen operando irregularmente y combinan partidas milicianas autónomas con unidades estructuradas.

Algunos especialistas han tratado de establecer criterios de división entre guerrilla y ejército. Pero en un tipo de conflicto armado como el descrito, con una duración de siete años y, al menos, tres grandes frentes establecidos más áreas grises, las fronteras entre ambos términos es etérea y, con toda probabilidad, los márgenes y las transiciones de una forma a otra debieron ser más habituales de lo manejado, dependiendo de momentos y geografías. En cualquier caso, es conveniente enunciar algunas de las cuestiones que han sido puestas de relieve para hablar de ejército, en concreto cuatro: en primer lugar, mostrar una organización castrense a la manera divisiones, batallones y compañías, que han de ser dirigidas por sus correspondientes oficiales, jefes y generales, manteniendo una jerarquía. En segundo lugar, disponer de un número significativo de tropas uniformadas. En tercer lugar, poseer armamento pesado (artillería). Por último, generar una serie de infraestructuras militares en puntos de vanguardia, pero también en la retaguardia (Caridad, 2013). En los últimos compases de la campaña del Maestrazgo, el caso que se está tratando, se puede decir que las fuerzas carlistas eran un ejército, aunque la uniformidad brillaba por su ausencia y la artillería no era especialmente abundante -tampoco la caballería-. Pero atendiendo a criterios rígidos, es posible que haya quien pueda ver lo contrario. En cualquier caso, la desigualdad de las fuerzas en liza y los condicionantes del teatro de operaciones hicieron que la guerrilla fuese protagonista en los enfrentamientos contra las fuerzas gubernamentales, incluso cuando se habla de ejércitos carlistas.

En el plano español, la diferencia de efectivos -y su teórica calidad- entre ambos bandos era enorme.5 En julio de 1834, los isabelinos tenían unos 121.000 hombres frente a unos 18.000 de don Carlos. Cada carlista había de valer por unos ocho liberales. A partir de septiembre de 1836, los liberales superaban ampliamente los 200.000 hombres y 13.000 caballos, mientras que los carlistas rondaban los 55.000 hombres y 2.000 caballos. En los tramos finales del conflicto fratricida es cuando menor es la diferencia entre bandos y, a pesar de ello, los isabelinos desplegaban unos 220.000 infantes y 16.500 caballos y sus rivales 72.000 soldados y 3.000 caballos. En este último caso, cada tradicionalista había de valer por algo más de seis soldados gubernamentales (Bullón de Mendoza, 1991). Para el caso del Maestrazgo, las dinámicas son similares: en 1934 se calculaban 1.500 hombres y 50 caballos insurrectos y un lustro después eran 25.000 infantes y 1.500 caballos (Bullón de Mendoza, 2023: 330).

Todo lo enunciado ayuda a entender las dinámicas de la Primera Guerra Carlista, aunque aún hay muchos vacíos historiográficos. La propia naturaleza de la guerrilla y su entendimiento por parte de los isabelinos de vulgares criminales, dificultan la enunciación de ciertos axiomas. En la Cámara de los Lores se estimaba para 1838 unos 17.000 guerrilleros en armas en España (Moral, 2006: 69). En el Maestrazgo, además de las cuestiones generales enunciadas, la figura de uno de sus líderes marcó la historia del movimiento insurreccional. Ramón Cabrera (1806-1877), era un antiguo seminarista al que el arzobispo de Tortosa no quiso nombrar sacerdote debido a su falta de vocación (Meseguer, 1991).6 Se unió al levantamiento carlista en 1833 y a lo largo del conflicto fue ascendiendo debido a su capacidad para organizar el movimiento guerrillero y transformar una parte del mismo en un ejército, tal y como se ha mencionado. Además, fue capaz de mantener alzado un extenso territorio con unos mínimos recursos, sin conexión con el exterior, construir una red de fortalezas y cortar las vías de comunicación del enemigo, manteniendo una gran cantidad de expediciones, por terreno propio y ajeno.

Cabrera contó desde 1834 con varios cientos de guerrilleros que, en su mayoría, eran labradores de los campos de Tortosa y el Maestrazgo, no muy bien armados, pero parece que fuertemente ideologizados: hubo una “crónica falta de municiones y armas” (Moral, 2006: 65). El sentido guerrillero de la lucha exigía voluntarios con conocimiento del terreno, a ser posible (Bullón de Mendoza, 1993: 313). Las escopetas de caza y los palos fueron algunas de las primeras armas disponibles, presumiblemente con hachas, azadas, horcas y similares (Ferrer et al., 1945: 171). Las propias dinámicas de la guerra irregular hicieron que los pertrechos bélicos capturados pasaran a formar parte de la amplia panoplia carlista. Hay quien califica a estas fuerzas de “parásitas” por depender de las victorias ante el enemigo para reabastecerse (Moral, 2006: 73). En cualquier caso, el liderazgo de Cabrera hizo que sus huestes fuesen aumentando a lo largo de la contienda (Clemente, 1985: 85-108). El antiguo seminarista, que nunca antes había ceñido una espada en su cintura, diseñó una estrategia de desdobles castrenses muy flexible: dependiendo de las circunstancias, sus fuerzas se desplegaban o se concentraban en distintos puntos. Además, mantenía partidas guerrilleras y expediciones independientes que saboteaban y entorpecían al enemigo, además de favorecer la recluta de partidarios. Cuando la presión liberal era fuerte, tal flexibilidad permitía la dispersión en pequeñas unidades en un territorio favorable y conocido.

La guerrilla de Roque García

El presente artículo hace una diferenciación, un tanto artificial por lo explicado hasta el momento, entre partida y ejército en el Maestrazgo. Aunque se es plenamente consciente de la estrategia de guerra mixta, regular e irregular, generada por Cabrera en los últimos años del conflicto, por una razón práctica se impone la diferenciación en este momento. El término ejército se refiere a una tropa más numerosa y organizada, con mayor poder de fuego y menor agilidad. El término partida se refiere a una unidad con reducido número de efectivos, autosuficiente, con unas necesidades logísticas mínimas y con una movilidad extrema -gracias a sus elementales pertrechos-. El grupo armado de García parece, por sus movimientos, una partida, pero se puede inferir que, en numerosas ocasiones, se adhiere al denominado ejército del Maestrazgo o a otras partidas para atacar y defender determinadas posiciones.7

Las partidas del Maestrazgo estaban en continuo movimiento para multiplicar el daño al enemigo, hacer más difícil su control y volverse impredecibles. El éxito de Cabrera se debía a la extraordinaria movilidad de sus fuerzas, siendo muy frecuente que estuvieran actuando por la tarde en un punto a 50 o 60 kilómetros de donde habían actuado por la mañana. Cabrera se adaptaba a las circunstancias del teatro donde operaban sus fuerzas, exigiendo a sus hombres una movilidad considerable (Posadas, 2021). En el Maestrazgo los desplazamientos se efectuaban a pie la mayoría de las veces; hubo una falta crónica de caballos, además de ser de mala calidad los existentes. Ello sin mencionar la difícil orografía. Al comienzo de la guerra, Cabrera habitualmente iba a pie delante de su partida, dando ejemplo y ganándose la fidelidad y obediencia de sus voluntarios. Una copla carlista de la zona decía: “No somos de negros quintos / que somos de Carlos quinto”,8 aludiendo esa capacidad volitiva (Bullón de Mendoza, 1993: 313). Los líderes de las partidas eran muy importantes porque su liderazgo y dotes de mando eran el principal aglutinador de éstas (Caridad, 2018b). Las partidas normalmente tomaban el nombre de su líder, que concentraba todo el poder y tenía capacidad para decidir la vida o muerte de sus hombres y de los prisioneros que tomaban. Sus prioridades eran la subsistencia y la supervivencia de sus hombres (Bullón de Mendoza, 1991). Las partidas tenían una organización muy similar a la militar, aunque muy simplificada: había un mando compuesto por un jefe guerrillero, un segundo y un cuadro de afines; también era muy común la presencia de clérigos, acorde a la propia naturaleza del movimiento insurreccional y, por otro lado, estaban los combatientes de a pie.9 En algunas partidas, dependiendo de su tamaño, podían incluirse especialistas como armeros, expertos en explosivos, recaudadores, reclutadores, etc. También resultaba muy importante la red social de apoyo formada por familiares, amigos y vecinos de los guerrilleros. Este entramado desempeñaba funciones de enlace, espía, soporte, etc.

En el caso de Roque García, es posible que realizase tareas religiosas y administrativas, algo ya enunciado anteriormente y que enlaza con su oficio posterior. En sus anotaciones hay poco de personal, pero es muy concreto con fechas y movimientos. Ello hace que sea una fuente muy interesante para comprobar la movilidad de las partidas guerrilleras en la Primera Guerra Carlista, a partir del caso del Maestrazgo. Esta área no fue, a diferencia del frente Norte, escenario de grandes batallas, sino una “larga serie de sorpresas y celadas, marchas, contramarchas y persecuciones, ninguna de ellas decisiva” (Caridad, 2013: 8). Frase que ilustra la naturaleza de la guerrilla, la cual dependía de su propia fuerza y la de su rival para asestar golpes en puntos diversos del territorio y, sobre todo, buscaba su propia supervivencia. Hay quien defiende que “la victoria del oponente ‘pequeño’ en la guerra asimétrica consiste en no ser derrotado y seguir operando” (Macías, 2014: 14). Para lo cual, la estrategia guerrillera necesitaba de la connivencia y el apoyo de la población donde operaba (Brioso y Mayral, 1993: 192). El ejército isabelino se dio cuenta de ello cuando, a partir de 1834, comenzó a desarrollar una “guerra total, de efectos indiscriminados” (Caridad, 2013: 9). El diario no da detalles acerca de la relación con la población y ello puede estar motivado por lo siguiente: no perjudicar al aliado en caso de caer en manos del enemigo. También puede ser que no fuese relevante para el objeto de las anotaciones. En cualquier caso, el manuscrito refleja los recorridos diarios de la partida de García. No hay pormenores más allá de estos recorridos y la descripción del resultado de los pocos combates entablados. La mayor parte de los recorridos se hacen entre poblaciones de pequeña importancia, no siendo infrecuente volver sobre sus propios pasos. Las distancias que se manejan son elevadas, rondando los 30 kilómetros diarios de media.10 Aunque no hay datos sobre el número de efectivos ni los medios de transporte disponibles, por la propia dinámica carlista en la región, lo más pertinente es pensar en un grupo de infantes dotados de armamento ligero y mínimos pertrechos, sin caballos. Una mención destacada que parece reforzar la idea de estar ante un diario de una partida es que se mencionan los líderes de los combates donde participa la unidad y son cambiantes, lo que parece indicar que se van moviendo y operando en función de lo que se supone son órdenes de Cabrera.11 La mención a Domingo Arnau, Domingo Forcadell y Manuel Salvador y Palacios, en 1840, indica su resistencia extrema y su combate con las últimas partidas guerrilleras en la postrera gran operación carlista en el Maestrazgo.

A continuación, se presenta una tabla que resume los recorridos citados en el diario, agrupados por meses, las jornadas que duraron tales marchas y las provincias actuales a las que corresponde el desplazamiento.



Tabla de elaboración propia



Ante los datos presentados, una primera cuestión que llama la atención es la constancia en el número medio de kilómetros recorridos, independientemente de la fecha. Los factores climatológicos estacionales no parecen alterar demasiado las progresiones de la unidad guerrillera. En un escenario árido y montañoso, con senderos muy precarios, presumiblemente de tierra, los efectos de las lluvias -conversión en barrizales- o de las altas temperaturas -nubes de polvo-, dependiendo el caso, deberían alterar la cantidad de kilómetros recorridos. Ello sin mencionar la posibilidad de nevadas. Sin embargo, atendiendo al manuscrito manejado no hay una significativa alteración de la movilidad por estaciones del año. También hay que destacar que existen numerosos recorridos por hábitats muy fríos en invierno (sierras de Teruel, Castellón, Cuenca, Valencia y Tarragona) y los recorridos diarios parecen no reducirse. Sólo hay una ocasión, en marzo de 1840, donde el diario refleja la imposibilidad de desplazarse debido a una nevada, habiendo de mantenerse en El Collado (Valencia) durante varios días y teniendo que volver sobre sus pasos. No deja de sorprender que los desplazamientos en los meses más fríos del año, con evidentes inclemencias meteorológicas como las mencionadas, no tienen influencia sobre la media de kilómetros diarios recorridos,12 por lo que no parece que la climatología sea un factor decisivo sobre las distancias transitadas. Puede ayudar a explicar lo dicho su buena adaptación al medio, además de su presumible conocimiento del mismo: “Todo el equipo del soldado carlista estaba orientado a la guerra de guerrillas, a las marchas y contramarchas, y a los terrenos montañosos” (Moral, 2006: 73). La impedimenta era mínima pues cuanto menor peso cargaran, mayor movilidad tendrían. Hay especialistas que afirman que los carlistas utilizaban un equipamiento mucho más práctico que los militares isabelinos: una boina, una canana o cartuchera ventral de cuero con una tapa para proteger los cartuchos de papel y un saco-morral de lona donde llevaban algo de ropa, alpargatas de repuesto, víveres y algunos objetos personales. El calzado de las partidas consistía en unas alpargatas fáciles de reparar o crear por sí mismas (Bullón de Mendoza, 1991; Posadas, 2021: 496-498). Al igual que en la guerra de independencia, cada guerrillero debía auto proveerse de ropa y calzado (Martín Más, 2005).

Otra cuestión destacada por algunos especialistas es la resiliencia de los guerrilleros, además de su tendencia a ser autóctonos de las zonas donde combatían. Ello explicaría, al menos en parte, su capacidad de resistir largas jornadas de marcha por entornos complejos (Extramiana, 1979: 124). Lo duro de la vida del combatiente irregular explica la propensión de los líderes carlistas a usar voluntarios fuertemente comprometidos, si bien había una parte de estas fuerzas locales que eran forzadas a combatir. El caso de Roque García parece responder a los primeros: estuvo combatiendo durante varios años a gran distancia de su lugar de residencia y, como se indica al final del diario, sufrió un exilio de ocho años (1840 - 1848) en Francia como consecuencia de ello. Este tipo de compromiso ayuda a explicar el aguante de la vida guerrillera -sus maratonianas marchas- en condiciones extremas. El Maestrazgo carlista era una región poco fértil y de poblamiento escaso y disperso, de clima variable y extremo en las distintas estaciones y mal comunicada. Tenía una orografía compleja y una hidrografía precaria. Todo ello hacía que no hubiese grandes cultivos. Al comienzo de la guerra debía de haber bastante ganado ovino, porcino y vacuno pero las propias dinámicas bélicas se cebaron con tal fuente de alimentación (Caridad, 2018a). Se menciona esta cuestión por cuanto el abastecimiento de víveres de unidades de combate que viven sobre el terreno limita su capacidad de movimiento; el tiempo dedicado a abastecerse resta al propio desplazamiento.

Otro elemento que ayuda a entender la enorme movilidad es el apoyo de la población civil. Ya se ha mencionado que el diario no recoge ninguna anotación sobre ello, pero los especialistas coinciden en que la connivencia de los no combatientes autóctonos era evidente, y base para poder comprender el propio desarrollo y duración de la guerra. Los paisanos sufrieron una buena cantidad de represarías por ello. De un lado, hubo medidas punitivas de las fuerzas cristinas a unos civiles que consideraban sostenedores de la insurrección. Del otro, el propio mantenimiento de las fuerzas carlistas esquilmaba los recursos disponibles. Todo lo cual, sin entrar a valorar los excesos de la guerra por parte de soldados o unidades descontroladas: robos, asesinatos, violaciones…. (Caridad, 2013).

A continuación, se reconstruyen los itinerarios de Roque García en los dos últimos años de la Primera Guerra Carlista en el Maestrazgo. Un interesante caso que permite comprobar muchas de las cuestiones adelantadas hasta el momento.13

El 28 de enero de 1838 tuvo lugar la toma de Benicarló, en la que García participó dos días antes de la ocupación de Morella. El día siguiente intentaron hacerse con Vinaroz (Castellón), pero no hubo éxito:

Salimos […] con intención de aprenderles por haber cogido en el fuerte al cabecilla Balero, el que propuso que le libraran la vida si se atrevía a entregarnos Vinaroz en el momento emprendimos la marcha Balero se adelantó donde unos de su partida y al entrar al portal descubrió toda la trama. Tocaron generala y tuvimos que volvernos (García, s. f.).

El tipo de estrategia usada es claramente irregular: capturan un líder enemigo, tratan de usar esa ventaja y la sorpresa y, en caso de resistencia, se retiran. También hay que destacar la movilidad entre posiciones, separadas por una distancia aproximada de 60 kilómetros para el caso de Benicarló y Morella, recorrida en días consecutivos.14

El 13 de febrero de 1839 comenzó el asedio de Gandesa (Tarragona), para el cual se utilizó la artillería capturada en Benicarló. Cabrera sitió Gandesa con un total de doce batallones, más de cinco mil hombres, más de ochocientos caballos y nueve piezas de artillería. El 17 de febrero las fuerzas carlistas estaban muy cerca de ocupar la población, pero el día 21 los defensores consiguieron recuperar las posiciones perdidas, causando numerosas bajas al enemigo. El 28 de febrero, Cabrera, decidió levantar el asedio (Bullón de Mendoza, 1991). El diario recoge movimientos diarios de 4,7 kilómetros desde Corbera de Ebro (Tarragona), donde probablemente estuviera acampada la partida de Roque, a Gandesa para combatir. El día 25 se retiraron a Batea (Tarragona) y desde allí se dirigieron hacia Xerta (Tarragona), situada a 47 kilómetros, unas once horas de viaje nocturno: “a medianoche salimos de ésta [Corbera] y al amanecer llegamos a los campos de Cherto [sic]” (García, s. f.). A continuación, después de once días de combate y una marcha nocturna, acudieron a “provocar” al enemigo a las puertas de Xerta. Según el diario, el 27 de febrero durmieron “a párpado a las órdenes del General Cabrera” (García, s. f.). El 3 de marzo el diario afirma que derrotaron a los isabelinos de Gandesa, que abandonaron la población el día siguiente, pero la partida de García se retiró a Batea a las órdenes de Cabrera.

El 21 de marzo de 1838 tuvo lugar el asedio de Lucena del Cid (Castellón). El diario ofrece detalles sobre las posiciones de las fuerzas en liza. Los carlistas estaban situados en Figueroles (Castellón), a seis kilómetros de Lucena, probablemente para impedir la llegada de un convoy de refuerzos, el cual consiguió entrar en la ciudad. Cabrera continuaba al mando de las operaciones, manteniendo el asedio hasta que el 5 de abril llegó el general liberal Oraá, quien lo levantó.

El 21 de abril de 1838 tuvo lugar la ocupación de Calanda (Teruel) que, según el diario, se entregó sin luchar. La partida de García se encontraba en Castelsarás (Teruel) y se unieron a las tropas de Cabrera en Calanda. El 3 de mayo de 1838 el diario detalla el asedio de Alcañiz (Teruel) donde el 4 por la noche hicieron una incursión, consiguiendo entrar en el pueblo. Cabrera decidió retirarse ante el avance de Oraá para no poner en peligro los cañones que había llevado desde Morella (Castellón). Recuérdese que había un déficit crónico de artillería entre las fuerzas carlistas.

El 6 de julio de 1838 tuvo lugar un combate en el territorio situado entre Alcora y Fanzara (ambas en Castellón). El diario refleja un episodio de abastecimiento: en el momento del ataque de las fuerzas isabelinas: muchos de los miembros de las partidas carlistas estaban “cogiendo higos […] con motivo de darnos poca ración” (García, s. f.). Se trató de un combate entre cinco y siete mil liberales frente a unos mil novecientos carlistas, que se retiraron escalonadamente.

El 29 de julio de 1838 los liberales sitiaron Morella. La población había sido ocupada por Cabrera en enero y se habían acometido tareas de fortificación en la misma. El asedio duró del 29 de julio hasta el 18 de agosto, cuando Oraá decidió retirarse debido a la gran cantidad de bajas sufridas y a la baja moral de sus tropas. De acuerdo con el diario, el ejército isabelino estuvo disparando sus cañones el 29 y el 30 de julio, dejando de hacerlo las dos jornadas siguientes. El diario afirma que el 2 de agosto salieron de la población cuatro compañías y acamparon en los alrededores. Lo cual significa que el cerco sobre la ciudad no era muy estrecho. El fuego artillero liberal se retomó el día 14, manteniéndose hasta el 16, cuando comenzó el asalto. Este conllevó graves pérdidas y el 18 de agosto los liberales se retiraron. Conforme al diario, el combate tuvo lugar en un solo día, después de cuatro jornadas de bombardeo de artillería divididas en dos.

El 24 de agosto de 1838, seis días después del sitio de Morella, tuvo lugar la expedición de Cabrera a la huerta de Valencia, el Turia y el Júcar. El fin de esta expedición era la recluta de soldados, y la requisa de víveres y pertrechos. Recorrieron más de 200 kilómetros en ocho días, llegando hasta Godella (Valencia) y tomando por sorpresa a los enemigos, que pensaban que continuaban en Morella después del asedio. Esta expedición incrementó el prestigio de Cabrera, que fue ascendido a teniente general y nombrado conde de Morella por don Carlos.

El 1 de octubre de 1838 tuvo lugar el sitio de Maella (Zaragoza) con una importante derrota del ejército cristino y el fallecimiento del general Pardiñas. El diario afirma que hicieron más de tres mil prisioneros, además de “mil muertos”. De acuerdo con las anotaciones, el ejército carlista esperó a sus rivales en el camino de Vallealgorfa a Maella. El ejército cristino salió de Maella y atacó al carlista, que aguantó la embestida y en un contraataque lo dispersó hacia Caspe (Zaragoza), haciendo cuatrocientos prisioneros. El día siguiente, la partida de Roque caminó 39 kilómetros, unas nueve horas. Los prisioneros liberales fueron maltratados y muchos, fusilados, lo que provocó las consiguientes represalias por el bando opuesto (Caridad, 2013).

En los últimos meses de 1838, Cabrera se centró en organizar la fortificación del territorio conquistado, bien construyendo baluartes o arrebatándoselos al enemigo. El diario registra numerosos desplazamientos por las sierras de Teruel y Castellón, llegando hasta Calatayud (Zaragoza) en lo que parecen expediciones independientes de la estrategia de fortificación.

El 2 de diciembre de 1838 tuvo lugar un combate en el camino de Montroy a Chiva (ambos puntos en Valencia), donde la caballería enemiga les puso en fuga tras una carga y el consiguiente combate. Después de ser derrotados recorrieron 36 kilómetros, unas nueve horas andando. El día siguiente hicieron otra marcha de 55 kilómetros, unas trece horas. En ese momento, García fue hecho prisionero y fue el único que pudo ser rescatado con vida; el resto de los compañeros fueron fusilados en un pueblo sin identificar.

El 3 de febrero de 1839 hubo otro combate cerca de Fanzara (Castellón), donde dos batallones insurrectos dirigidos por Cabrera se enfrentaron a once isabelinos y se retiraron “con mucho orden” (García, s. f.). Aunque ya ha aparecido en el diario la diferencia de fuerzas en liza, no por ello deja de ser significativa tamaña desigualdad y la capacidad de aguante de los carlistas. La explicación, además de cuestiones mencionadas, puede deberse a la propia orografía del terreno donde se desplegaban, en este caso concreto, netamente montañoso que no permitiría servirse de todo el potencial liberal para copar al enemigo.

El 5 de marzo de 1839 el general Cabrera comenzó a fortificar el castillo de Segura de los Baños (Teruel). Algunos autores sitúan este hecho en abril (Caridad, 2013; Posadas, 2021), pero el diario lo ubica un mes antes: marzo. El general Van Halen lo intentó impedir, pero cuando acudió con sus tropas optó por no atacar, ya que las labores estaban muy avanzadas. Al retirarse dejó la zona en manos de los insurrectos, lo que supuso su cese, siendo sustituido por Nogueras, que estaba gravemente enfermo y no pudo asumir el mando de manera efectiva. El ejército isabelino tenía una grave escasez de recursos, no pagaba a los soldados y se enfrentaba a continuas deserciones (Pirala, 1868). Varios meses más tarde O’Donnell asumió el mando del ejército gubernamental.

El 23 de marzo de 1839 el diario refleja otro combate donde se enfrentaron nueve batallones isabelinos contra siete carlistas incompletos al mando de Cabrera. Éste aparece de manera casi omnipresente en los combates, lo que confirma que estaba siempre al lado de sus tropas y se movilizaba con ellas.

El 4 de mayo de 1839, García participó en la segunda incursión de Cabrera a la provincia de Guadalajara para capturar botín y víveres. Esta incursión recorrió mucha distancia en pocas jornadas (504 kilómetros en doce días), lo que prueba la movilidad de las partidas, aún cargadas con lo obtenido en la razia.

El 28 de mayo de 1839 tuvo lugar un período de descanso. La partida de García permaneció más de cinco días en la misma ubicación, relevando a la guarnición de Morella y se mantuvo allí hasta el 8 de agosto. Parece que sólo cuando se dedicaban a tareas defensivas en posiciones fortificadas hay cierto estatismo. El resto de las entradas, que se corresponden con las labores de la partida estudiada, se caracterizan por el permanente movimiento.

El 14 de agosto de 1839, Roque García se desplazó a Tales (Castellón), donde tuvo lugar el asedio que supuso la destrucción del pueblo por parte de las fuerzas cristinas. La historiografía sitúa el sitio de Tales entre el 1 y 14 de agosto (González García, 2019). El diario afirma que la batalla duró hasta el día 16 y que en las últimas dos jornadas el ejército isabelino voló la población. Acto seguido los liberales saquearon Sueras, mientras los carlistas se retiraban a Fanzara (ambas localizaciones en Castellón).

A finales de agosto hay varios recorridos por la provincia de Teruel, por encima de la media en distancia y un tanto erráticas. Hay tres jornadas en las que se recorrieron 97, 96 y 75 kilómetros, respectivamente. En otros días de marchas menos intensas, se dedicaron a desandar sus pasos, en ocasiones dando vueltas y rodeos.

El 31 de agosto de 1839 se firmó el Convenio de Vergara entre los generales Espartero y Maroto que puso fin a la guerra, aunque muchos carlistas, entre ellos Cabrera, no lo aceptaron. El convenio supuso que Espartero pudiese concentrar un ejército de 40.000 hombres en Aragón y el Maestrazgo en lugar de dividirlo entre los frentes del Norte, Castilla, Aragón, Cataluña y Levante. Simultáneamente Espartero ordenó aprisionar y expulsar a los familiares de los carlistas del territorio rebelde, reduciendo las bases de apoyo de las fuerzas de Cabrera. En otoño de 1839 este enfermó de tifus, se vio obligado a permanecer varios meses apartado del mando y delegó su autoridad en Domingo Forcadell. Como consecuencia, los carlistas se mantuvieron a la defensiva, con la excepción de Arnau, que emprendió una correría por las provincias de Cuenca y Albacete en enero de 1840.

El diario sitúa a Roque García en las provincias de Cuenca y Guadalajara en octubre de 1839. Los meses siguientes se movió por Teruel y Castellón, estando destinado quince días en la guarnición de Cantavieja (Teruel). El 2 de noviembre de 1839 participó en un combate en Higueruelas (Valencia) a las órdenes de Domingo Forcadell15.

El 5 de enero de 1840 el diario sitúa a Roque en la expedición de Arnau a la provincia de Cuenca, aunque más adelante marcharía a Guadalajara, en lugar de a Albacete. El 20 de enero participó en un combate en el que capturaron 21 caballos y 60 prisioneros enemigos. Tres días más tarde sorprendieron a una columna estacionada en Peralejos de las Truchas (Cuenca), derrotándola y haciendo más de 60 prisioneros. Ese mismo día los trasladaron a la Cueva del Hierro (Cuenca), una distancia de sesenta kilómetros, unas trece horas a pie. Sorprende la movilidad tras un enfrentamiento armado y habiendo de desplazarse con prisioneros.

El 28 de enero de 1840 quedaron estacionados un mes en Cañete (Cuenca). En esta fecha cayeron las posiciones turolenses de Segura de los Baños, Castellote, Aliaga y Alcalá de la Selva, además de abandonarse la de Cantavieja. También fueron tomadas por los liberales Alpuente (Valencia) y Bejís (Castellón). Ante tal panorama, la moral carlista se hundió y hubo muchas deserciones.

Es en este punto cuando el diario ofrece el único dato referente a la climatología: el 1 de marzo de 1840, se registró que no se podía abandonar La Tejería (Teruel) debido a la gran cantidad de nieve acumulada. La partida procedía de Cañete (Cuenca) y había recorrido 98 kilómetros en cuatro días. El 2 de marzo, se desplazó a El Collado (Valencia), donde permaneció tres días. Teniendo en cuenta que esta última población se encuentra a una altitud 210 metros superior a la primera y en la misma zona climática, se puede estimar que la zona también estaba nevada. Sin embargo, cuatro días más tarde de su llegada, la unidad volvió sobre sus pasos y se dirigió al noreste, adentrándose en la sierra de Teruel, zona especialmente expuesta y fría. Esta anotación del diario confirma que la climatología no era un factor decisivo en las marchas, a pesar de su limitado equipamiento.

El 1 de febrero de 1840 Cabrera retomó el mando de sus fuerzas, pero ya era demasiado tarde para revertir la situación. El 20 de mayo Cabrera fue derrotado en La Sènia (Tarragona) episodio recogido en el diario, que indicaba que se refugiaron en Rosell (Tarragona). El 30 de mayo cayó Morella tras siete días de asedio, con un saldo de 2.000 prisioneros insurrectos en manos de Espartero. Cabrera se encontraba, según el diario, combatiendo cerca de Tortosa (Tarragona).

El 1 de junio de 1840 comenzó la retirada de las fuerzas carlistas camino al exilio francés. La marcha fue bastante rápida, recorrieron 250 kilómetros en siete jornadas hasta que el día 8 se refugiaron en Berga. Después de varios días vagando por los alrededores de tal población, se hicieron fuertes tras un par de jornadas construyendo defensas. El 4 de julio aparecieron las fuerzas cristinas con intención de acosar los restos de las fuerzas carlistas y estas iniciaron la retirada, recorriendo 47 kilómetros hasta la frontera, donde acamparon para cruzar a la mañana siguiente.

El 6 de julio de 1840 Cabrera pasó a Francia junto a 8.000 soldados del ejército catalán y 5.000 del Maestrazgo, lo que supuso el fin de la Primera Guerra Carlista.

Conclusiones

La Primera Guerra Carlista respondía a un fenómeno histórico complejo y poliédrico. En su plano estrictamente militar, tampoco es sencillo simplificar lo acaecido. Lo que parece claro, es la importancia de la guerrilla y los planteamientos de guerra irregular por parte de los carlistas para resistir al peso del Estado, del lado isabelino. En este escenario general, el teatro de operaciones del Maestrazgo se mostró como uno de los más propicios para ahondar en lo señalado.

La guerrilla, caracterizada por su movilidad, flexibilidad y capacidad para operar en terrenos difíciles, ofreció a los carlistas una ventaja significativa frente a un ejército liberal, en general, más numeroso y mejor equipado. Los tradicionalistas compensaron sus deficiencias materiales con su adaptación al medio, el apoyo local y su extrema movilidad. Los bandos se igualaban cuando el rival más débil se multiplicaba al recorrer grandes distancias o se subdividía en pequeñas partidas que hostigaban al enemigo.

El liderazgo de figuras carlistas emblemáticas como el general Cabrera fueron fundamentales para explicar el éxito guerrillero en el Maestrazgo. El diario analizado contiene apariciones del citado líder y parece indicar que las partidas guerrilleras actuaban autónomamente pero siempre dispuestas a unirse a una estructura militar mayor en caso de ser requerido. También estaban disponibles para labores defensivas, único momento en el que se interrumpían los constantes desplazamientos.

El diario analizado permite constatar la extrema movilidad guerrillera, incluso con condicionantes climáticos y orográficos adversos. También la extrema dureza de los combatientes, quienes marchan largas jornadas cargados con prisioneros y botín. Más aún, libran considerables distancias tras haber entrado en combate. Los recorridos erráticos parecen mostrar la necesidad de certificar su propia seguridad, asegurándose de no ser seguidos por el enemigo. En cualquier caso, lo que destaca del manuscrito analizado es la sempiterna marcha de la partida de Roque García. Lo cual, permite asegurar un alto grado de compromiso del combatiente irregular carlista. La dura vida de este tipo de campañas tuvo que estar sostenida por un alto grado de ideologización.

A pesar de los éxitos globales, la propia supervivencia guerrillera ya lo era, lo cierto es que este tipo de estrategia se enfrentó a importantes limitaciones. La falta de recursos y la superioridad numérica y logística de las fuerzas liberales eventualmente condujeron a un desgaste significativo de las capacidades carlistas. Además, la guerra irregular, aunque eficaz en términos de desgaste, no siempre permitió a los tradicionalistas capitalizar sus victorias de manera decisiva.



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Sobre los autores

Daniel Macías Fernández es doctor por la Universidad de Cantabria (UC). Entre sus publicaciones, destacan: Franco “nació en África”: los africanistas y las Campañas de Marruecos (2019) y la dirección de A cien años de Annual (2021, 3ª edición). Ha co-editado La guerra: retórica y propaganda (2014), David frente a Goliat: guerra y asimetría en la edad contemporánea (2014) y El Combatiente a lo largo de la Historia (2012). Sus temas de investigación son la historia militar española contemporánea y la educación para la paz. Al corriente, es profesor en la UC y colaborador en el IUGM-UNED.

https://orcid.org/0000-0001-7202-2653



Rafael Herrera Ninou es Máster en Paz, Seguridad y Defensa por el IUGM-UNED, MBA por la University of Houston y Máster en Dirección de Marketing por ESADE. Ha trabajado como Profesor Adjunto del Departamento de Lenguas Latinas de Wesleyan University, Director de Marketing, Comunicación y Operaciones en Audiovisual Sport Director de Producción en el Grupo Mediapro y actualmente es Director General en Egento Producciones. Publicó diversos artículos en revistas especializadas de gestión, escribió diversos manuales de operaciones y procedimientos, y coordinó publicaciones en diversos sectores.

https://orcid.org/0009-0008-1248-1899



About the authors

Daniel Macías Fernández holds a PhD from the University of Cantabria (UC). Among his publications, notable works include: Franco "was born in Africa": the Africanists and the Moroccan Campaigns (2019) and the direction of One Hundred Years Since Annual (2021, 3rd edition). He has co-edited War: Rhetoric and Propaganda (2014), David versus Goliath: War and Asymmetry in the Contemporary Age (2014), and The Combatant Throughout History (2012). His research focuses on contemporary Spanish military history and peace education. Currently, he is a professor at UC and a collaborator at the IUGM-UNED.



Rafael Herrera Ninou holds a Master’s in Peace, Security, and Defense from the IUGM-UNED, an MBA from the University of Houston, and a MBA from ESADE. He has worked as an Adjunct Professor in the Department of Latin Languages at Wesleyan University, Director of Marketing, Communication, and Operations at Audiovisual Sport, Production Director at Mediapro Group, and is currently the General Director at Egento Producciones. He has published various articles in specialized management journals, written several operations and procedures manuals, and coordinated publications in various sectors.

1 El desencadenante de la guerra fue un conflicto sucesorio dinástico entre el hermano de Fernando VII, don Carlos, y su viuda, María Cristina, que representaba los intereses de la hija de ambos: Isabel. Al tiempo, la sociedad se dividió entre partidarios de uno u otro. Los liberales apoyaron a la regente y, por tanto, a Isabel. Los tradicionalistas cerraron filas con el pretendiente. En el presente texto se usan los términos isabelino y liberal para el bando de la regente (también gubernamentales). Se hace lo propio con las fuerzas de don Carlos al denominarlas carlistas y tradicionalistas (también insurrectas).

2 Aunque no se corresponde con el escenario exacto del trabajo, para conocer el carlismo catalán se recomienda la magnífica tesis doctoral de Manuel Santirso (1994). Una primera aproximación en Ramón Vinaixa (2002). También se ha de destacar el estudio de Nuria Sauch (2004) sobre el carlismo en el oriente peninsular.

3 Un buen observador del periodo, Benito Pérez Galdós, ponía en boca de uno de sus personajes en La Primera República (1911) una sentencia muy interesante: “Nuestras guerras civiles han durado años y años porque las tropas regulares no han sabido o no han querido ahogarlas en su origen”, y continúa refiriéndose a la relación entre fuerzas gubernamentales y partidas guerrilleras: “jugábamos graciosamente al escondite”. Véase (Pérez Galdós, 1911).

4 Es interesante la expresión “país carlista” para referirse al área mencionada (Sauch, 2004).

5 No se quiere mostrar una imagen distorsionada. El bando liberal sufría de múltiples problemas y hubo quintas que fueron lanzadas al combate sin instrucción y sin los pertrechos pertinentes. También hubo graves problemas de logística e intendencia. Todo ello, incidía negativamente y generaba potenciales reclutas para el rival (Puell, 1996: 139-172).

6 En torno a la guerra carlista en Tortosa, es imprescindible la obra de Vinaixa (2006).

7 Las entrevistas mantenidas con las descendientes de Roque García, doña María Concepción Ninou Guinot y doña Sagrario Ninou Guinot (tataranietas), el día 5 de junio de 2024 en Madrid, confirman que siempre se mencionó, en los relatos familiares, la lucha guerrillera del protagonista.

8 Uno de los apelativos usados por los carlistas para denominar a los liberales fue el de “negros”. El término “quintos” se refiere al sistema de reclutamiento, impopular hasta el extremo, llevado a cabo por los gubernamentales.

9 El segundo oficio más representado en las partidas era el de sacerdote o fraile. Su importancia dentro del esquema bélico carlista era muy destacada (Posadas, 2021).

10 Keegan (1995: 365) apuntaba a 32 kilómetros como distancia media recorrida por la infantería en el siglo XX. En cualquier caso, anotaba que la necesidad de proveerse de alimento reducía tal cifra. Tampoco se sabe el terreno donde se calculó esa media. Muy probablemente, no se estaba pensando en la accidentada Península Ibérica ni en fuerzas guerrilleras, un siglo antes.

11 A continuación se ofrecen las posiciones de los combates donde toma parte la unidad de García y los oficiales al mando que se mencionan: general Cabrera, el 27 de febrero de 1838 en Xerta, el 3 de febrero de 1838 en Batea, el 21 de marzo de 1838 en Lucena, el 4 de abril de 1838 en Alcora, del 18 al 21 de abril de 1838 en Calanda, el 4 de mayo de 1838 en Alcañiz, el 1 de octubre de 1838 en Maella, el 3 de febrero de 1839 en Fanzara, el 23 de abril de 1839 en Armillas, el 22 de mayo de 1839 en Cederillas, el 15 de agosto de 1839 en Tales, el 20 de mayo de 1840 en La Sènia, el 30 de mayo de 1840 en Morella, el 4 de julio de 1840 en Berga. Cita al capitán Forcadell, el 2 de diciembre de 1838 en Chiva, el 24 de diciembre de 1839 en un lugar desconocido. Cita al brigadier Arnao, el 20 de enero de 1840 en Villar de Ladrón. Cita al coronel Palacios, el 23 de enero de 1840 en Peralejos de las Truchas.

12 Diciembre de 1838 es el mes con el recorrido más extenso: 911 kilómetros.

13 La narración general de la campaña tomada de Urcelay (2002; 2006).

14 En el presente trabajo, de cara a tener una aproximación de temporalidad, se ha usado la aplicación Google Maps para calcular tiempos de desplazamiento. Se asume que no son fiables por tratarse de caminos actuales, a diferencia de las sendas tradicionales. En cualquier caso, tiene sentido aproximativo e ilustrativo. También se ha calculado el tiempo medio de un posible desplazamiento a caballo, a unos 15 km por hora. Se ha de tener en cuenta la general mínima disposición de caballos en el bando carlista y la mala condición de los mismos en el Maestrazgo. En este último caso, se tardarían unas tres horas en desplazarse entre ambas localidades. En el caso de marchar a pie, con toda probabilidad lo que hicieron, el tiempo es de unas trece horas. Tampoco se pueden entender las distancias como axiomas, puesto que están calculadas con actuales vías de comunicación. Es muy probable que los guerrilleros del periodo tendiesen a desplazamientos más directos, a través de vías o sendas precarias.

15 La anotación no es clara. Se ha optado por Higueruelas tanto por la cercanía a las poblaciones de las que sale y llega en los días siguientes, así como por la propia similitud del toponímico al texto escrito en el diario.